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María de Magdala
La tradición ha visto a María
Magdalena de las maneras más diversas, pero el cine y la literatura
contemporánea –El Código Da Vinci, por poner un ejemplo flagrante–
intentan rebajar su figura hasta la caricatura. En este artículo publicado
por el diario Avvenire, Gianfranco Ravasi trata de acercarnos a una
mujer cuyo encuentro con Cristo le cambió la vida
María
emerge de improviso en el evangelio de San Lucas (8,3). Su retrato se esboza
con una sola frase: «María de Magdala, de la que el Señor había expulsado
siete demonios». La palabra demonio, en el lenguaje evangélico, no
sólo designa el mal moral, sino también el físico, que puede padecer una
persona. El siete es el número simbólico de la plenitud. No podemos saber,
sin embargo, qué mal –físico, psicológico o moral– fue aquel del que le
libró el Señor. La tradición popular, sin embargo, ha identificado a María
Magdalena con una prostituta, porque, en el capítulo precedente, san Lucas
narra la historia de una «conocida pecadora de esa ciudad». La aplicación es
fácil, pero es infundada, como también lo es la que la convierte en María la
de Betania, y que se debe a que san Juan atribuye a la hermana de Marta y
Lázaro la misma acción de ungir al Señor que hizo la pecadora anónima de
Lucas. Por dos veces, la tradición popular hace perder sus connotaciones
personales a María de Magdala, confundiéndola primero con una prostituta, y
después con María de Betania. Entre tanto, sin embargo, María Magdalena
acompaña a Jesús para vivir con Él y con sus discípulos las horas de la
Pasión. Todos los evangelistas, de hecho, coinciden en señalar su presencia
en el momento de la crucifixión y de la sepultura de Cristo. Es precisamente
junto a esa tumba, en la pálida luz del alba de Pascua, en la que san Juan
ambienta el célebre encuentro entre Cristo y María de Magdala.
Como es sabido, María Magdalena confunde a Cristo con el guarda del
cementerio. Ahora bien, esta ceguera es típica de algunas
apariciones del Resucitado –basta pensar en su encuentro con los discípulos
de Emaús–. El significado es, naturalmente, teológico: aun siendo entonces
Jesús de Nazaret, Cristo glorioso trasciende las coordenadas humanas,
históricas y físicas. Para poderlo reconocer, es necesario introducirse en
un canal de conocimiento trascendente: la fe. Por eso, sólo cuando se siente
llamada en un diálogo personal, María lo reconoce, llamándolo Rabbuní
(Maestro). En su Vida de Jesús, Renan explicará de modo
racionalista toda la escena, como si fuera la alucinación de una enamorada;
agregaba así un trazo malicioso al retrato de María, haciéndola pasar –sin
el más mínimo fundamento textual– como amante secreta de Jesús. A esta
deformación han contribuido también algunos evangelios apócrifos. Por otro
lado, en un texto gnóstico como es Pistis sophia, la Magdalena se
convierte en el emblema de una Humanidad redimida de tipo andrógino (¡otra
deformación!), basándose en la afirmación de san Pablo de que «ya no habrá
más hombre ni mujer, sino que todos serán uno en Cristo Jesús».
Es María una santa entre dos extremos: carnalmente rebajada, y
espiritualmente elevada a una sabiduría transfigurada. Por fortuna, el único
que la llamó por su nombre, María, y la reconoce, confirmándola como su
discípula, fue el mismo Jesús de Nazaret, su Maestro, el Rabunní. Y
es sobre la base de aquel encuentro pascual como su presencia se vuelve a
asomar a la liturgia católica con la estupenda melodía gregoriana
Victimae paschali, y con ese diálogo en latín que obviamos traducir: «Dic
nobis, María, quid vidisti in via? Surrexit Christus, spes mea!»
Gianfranco
Ravasi |

La Magdalena
penitente. El Greco, 1580-86.
The Nelson-Atkins Museum of Art,
Kansas City (Missouri, EE.UU.)
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