A la Iglesia.
SALMO DE RESTAURACIÓN

Pero yo sé que un día lloverá la justicia
cuando llore haber sido tantos siglos invierno
y otra vez a la estéril se le hará el vientre hijos
como pare la tierra hierba verde a su tiempo.

Para entonces guardamos nuestros trajes de fiesta
y la lira y el címbalo conservamos a punto.
Con el alma encendida mantenemos el fuego
crepitando en la noche mientras llega la aurora.

Aquel día la Iglesia dejará sus palacios
y se hará vagabunda por los barrios extremos
donde Dios se hace pobre, la oración es un grito
y estrechar una mano vuelve a ser sacramento.

Ese día la Iglesia será cosa de hombres,
no más cosa de curas; se hará novia del pueblo;
conocerá los nombres -otra vez- de sus hijos:
Pedro, Juan, Santiago, y el del bar, y el parado...

Volverá a ser la casa de ventanas abiertas
donde los bailarines hagan templo del cuerpo
y los músicos puedan componer a su aire
y puedan los poetas dar a luz sin complejos.

Y, en vez de andar buscando errores y condenas,
la iglesia del futuro irá abriendo caminos
corriendo, confiada, los riesgos que haga falta
porque sólo arriesgándose llegará el mundo nuevo.

Esperamos el día en que ser de la Iglesia
vuelva a ser un sinónimo de inquietud y de lucha.
Aquel día tendremos unos fieles difíciles
y una iglesia llamada -como Dios- 'Libertad'.

Mientras tanto, tengamos encendidas las lámparas
y, alumbremos sin miedo las tinieblas del templo:
¡dichosos si nos llaman herejes y cismáticos
por seguir al rebelde que llamaron blasfemo!.

Ya está cerca la era del sol recién nacido.
Ya el rocío las dunas del desierto salpica.
con su luz a tu encuentro marchará al pueblo unido
seguro de encontrarte, como encuentra su nido la humilde tortolica.

Francisco, el Buenagente.