
Comunidad Franciscana en el Camino de Santiago. VALLE DE VALCARCE
Vega de Valcarce. León. contacto: fraydino@yahoo.es
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Presentación Paco Castro. ofm.
La acción de peregrinar se inscribe como una de las prácticas más usuales del ser humano y hunde sus raíces en la historia. El ser humano bien podría ser definido como “homo viator”, ser que camina y que caminando se va abriendo a nuevas experiencias y realidades antes insospechadas. Los pueblos nómadas son auténticos expertos del camino, mujeres y hombres que han hecho del transito una profesión que llega incluso a nuestros tiempos. Pero aquí, cuando hablamos de peregrinación, nos estamos refiriendo a algo más profundo que un mero andar o desplazarse. La peregrinación es sobre todo una experiencia religiosa, que nos religa con Dios o con la trascendencia. Es una experiencia íntima, del corazón, del ser entero que camina en busca de respuestas: dar sentido a la vida misma que tantas veces se nos manifiesta esquiva y enigmática. Se trata, en fin, de hacer camino por dentro, viajando hasta las entrañas de nuestra esencia más pura. La peregrinación del alma es un fenómeno existente en distintos espacios religiosos y culturales. La práctica de hacerse al camino era ya conocida en vetustas culturas del ámbito oriental (Mesopotamia, La India, China), también en el mundo clásico de la magna Grecia y en la cultura faraónica del antiguo Egipto. La Sagrada Escritura, que compartimos judíos y cristianos, es antes que nada la historia de la salvación entendida como un camino en el que Dios (Yahvé) se va revelando a su Pueblo elegido. Es más, la Biblia puede ser considerada como el relato de una gigantesca peregrinación cósmica de toda la Humanidad y de la creación entera hacia un destino común de felicidad total y absoluta, desde los orígenes de la creación hasta las postrimerías: la recapitulación de todo en Cristo: alfa y omega, el primero y el último. Así, los textos sagrados nos presentan al patriarca de la fe (de judíos, musulmanes y cristianos), Abraham, como aquel que ha de hacerse al camino saliendo de su tierra al encuentro de Dios en aras de la salvación: “sal de tu tierra”. El Dios de Abraham es el Dios que se hace al camino al encuentro íntimo y místico con su criatura, es un “Dios de vivos”. Y a los profetas como aquellos hombres que hubieron de salir de sí mismos, de sus seguridades, para complicarse la vida como portavoces divinos. De esta experiencia profundamente mística surgiría el Pueblo de la Alianza, que es el pueblo que peregrina camino del destierro primero, y luego de vuelta a sus raíces en la tierra de promisión de la que manaba “leche y miel”. Experiencia que se perpetuó luego en la peregrinación anual al templo de Jerusalén, en el que habitaba la gloria de Dios. Otros pueblos de esta época también acudían a sus lugares sagrados en peregrinación (es el caso de los samaritanos y su monte Garizim), porque la peregrinación tiene siempre un origen, un inicio, y una meta; normalmente un lugar sagrado. Jesús de Nazaret también asumió como propio este estilo de vida alternativo viviendo en constante itinerancia por tierras de Galilea y Judea, normalmente en torno al lago de Genesaret. También Él peregrinó a Jerusalén por la Pesaj (la pascua judía). Y sus discípulos, siguiendo la estela de su maestro, se sintieron “enviados” (apóstoles) al mundo para predicar la buena nueva del Amor de Dios que se manifestó de modo definitivo en Jesús de Nazaret, el “Ungido” (Cristo), quien llegó a autodenominarse “camino”. De hecho el cristianismo de la primera hora fue conocido como “el camino”. Las grandes culturas religiosas de la actualidad: cristianismo, islamismo, hinduismo, budismo y judaísmo, son referencias de lo divino para miles de millones de personas que asientan sus prácticas rituales en el culto y la peregrinación, como expresión de sacrificio y agradecimiento (es el caso de la masiva peregrinación a La Meca, que es uno de los cinco pilares fundamentales del Islam). Salvo raras excepciones, (es el caso de la concepción del autor del famoso libro Imitatio Christi para quien “qui multo peregrinatur raro sanctificatur”) el catolicismo tuteló desde los orígenes de la Iglesia a quienes se decidían a viajar, “pietatis causa”, a algún lugar santo, normalmente en el que se veneraban las reliquias de algún ser humano que había destacado en vida por encarnar con radicalidad el Evangelio de Jesucristo. Y esta práctica, fuera de ir desvalorizándose, ha ido en aumento en los últimos tiempos, aún cuando se dice que la fe ya no cotiza al alza en la bolsa de la vida. Roma, Tierra Santa, Fátima, Guadalupe, Lourdes, Loreto, Asís, Czestochowa, San Giovanni Rotondo, El Rocío... son algunos topónimos que forman parte por méritos propios de la historia de las peregrinaciones, son lugares santos del catolicismo. Y entre ellos está también un lugar, una ciudad nacida del milagro de la noche y la piedra: SANTIAGO DE COMPOSTELA y su CAMINO. El Camino de Santiago es uno de los fenómenos más singulares y desconcertantes de los últimos tiempos, habida cuenta de que se ha convertido en una de las rutas más transitadas no por multitudes -eso no es lo esencial- sino por personas que aún se atreven a emprender la verdadera peregrinación: la del alma, buscando en las entrañas la felicidad, la verdadera, la que brota desde lo más íntimo del ser, esa felicidad que nadie nos puede dar porque habita en lo más profundo del corazón, esa misma felicidad que la sociedad de consumo nos niega. El Camino de Santiago es un cúmulo de elementos que hacen de esta experiencia, porque antes que nada es una experiencia personal e intransferible, un factor determinante en la transformación de las personas. El Camino es en sí mismo la meta, un rico tesoro de significados que permite al ser humano contemporáneo recuperar el valor de lo trascendental y lo simbólico, de modo que recobremos las raíces del ser: la bondad original. El Camino es lo que el peregrino quiere que sea, pero también es una senda milenaria en la que el arte y la historia se dan la mano, y ambos son abrazados por la fe que hizo posible el verdadero milagro: que hoy, inmersos ya en el tercer milenio, sigue habiendo mujeres y hombres aventureros que deciden caminar hacia el interior de sí mismos, desde la libertad y la fidelidad. Pero lo cierto es que más que hablar de “Camino”, en singular, sería más justo referirnos a “caminos”, tantos como peregrinos, ya que a lo largo de la historia se han ido labrando en la tierra una serie de rutas que hoy, mejor o peor, han sido recuperadas. Así, podemos hablar del Camino “Francés”, del “Inglés”, del “Portugués”, de la “Ruta de la Plata”, del “Camino del Norte”, e incluso, invenciones más recientes, de la “Ruta marítimo-fluvial del Mar de Arousa” y del Camino de “Fisterra-Muxía”. Expresiones diversas de una misma realidad que toca las raíces de la vida. Además el Camino “Francés” ha sido recientemente declarado por la UNESCO patrimonio universal de la Humanidad, como ya antes lo fuera la propia ciudad antigua de Santiago de Compostela (en 1985). Y por si fuera poco la propia ruta gala fue considerada también por el Consejo de Europa “primer itinerario cultural europeo” (en 1987). Y es que Europa entera le debe mucho a este Camino y a esta ciudad que está llamada a seguir siendo faro de occidente para una construcción europea que no debe olvidar que surgió a golpe de fe y caridad, empapada por una cultura netamente cristiana. El Camino se justifica a sí mismo sin necesidad de grandes componendas. El presente trabajo no tiene mayores pretensiones que la de ser un modo de peregrinar, uno más, a través de la reflexión y la palabra, también de la oración. El Camino se sustenta en tres pilares: su historia, su arte, y su espiritualidad. En nuestros diccionarios -esos grandes almacenes de palabras- existen vocablos que designan realidades cotidianas que contienen una gran fuerza significativa, fácilmente comprensible por cuantos nos vamos acostumbrando, no sin dificultades, a erguir este edificio del vivir el día a día desde el gozo y el sufrimiento. Una de estas palabras mágicas es “camino”. El camino es el espacio terrestre que tiende lazos de comunicación entre pueblos y personas, haciendo que las distancias sean relativas, y posibilitando el que las fronteras que creamos, convencional o forzosamente, no sean más que un capricho de los que nos gobiernan. Me aventuro a afirmar que la vida es camino, que el camino es una metáfora de la vida. Por eso el Camino de Santiago cala hondo en los corazones de quienes un día, sin saber muy bien por qué ni para qué, deciden echarse a los hombros la mochila ¿Qué es la existencia humana sino una sucesión de etapas cronológicas que comienza con la gestación en el seno materno y culmina con el postrero aliento vital? Las etapas de la existencia de las personas son como los kilómetros de los caminos que nos van curtiendo al andar, y desgastando, en pos de la meta final. El caminante intuye que hay un más allá, un horizonte hacia el que hay que tender. Y el camino, la vida misma, es cansancio, es paso ahora presuroso, otrora cansino y torpe. Vivir es caminar, la propia historia es como un camino que recorremos en solitario, ya que la persona humana ha de acometer en la más radical soledad de nuestro ser los pequeños y grandes retos de la vida. De hacer camino saben mucho nuestros mayores. En aquellos lugares en donde los medios de locomoción aún no priman, las piernas y los pies, siguen siendo testigos silentes de la historia del esfuerzo humano. Nuestros pies son bastiones que nos permiten andar y a los que con frecuencia maltratamos. Sólo el que camina sabe valorar estas dos raíces que nos unen a la tierra madre que sostiene nuestra inercia. Carlo María Martini llegó a escribir que “nadie puede detenerse en su camino porque la vida empuja desde dentro”. La esencia del ser humano radica en su ser interior (decía San Agustín que la verdadera vida, la que merece la pena ser vivida, es la interior). La sociedad postmoderna y cosmopolita está ya demasiado acostumbrada a los ruidos y al engaño de las apariencias. Todo se convierte en un destello deslumbrante exterior que nos ciega e impide crecer por dentro. No importa la persona concreta, importan los datos estadísticos, importan los índices económicos, importa el cómo vistes, y tu mejor carta de presentación, la que te abre casi todas las puertas, es una tarjeta de crédito bien nutrida de fondos. La sociedad consumista mata el ser verdadero que habita por dentro y que se ahoga y grita desesperado. La nueva colectivización borreguil, el comunismo de las modas a la que nos someten los poderes fácticos, nos impiden hacernos conscientes del proceso de maduración personal, de ese camino interior que nos constituye y fundamenta. Es urgente que recuperemos el sentido de la propia mismidad, que dejemos que nuestra vida sea un camino hacia adelante para llegar a ser aquello que estamos llamados a ser, progresando siempre, nunca en retroceso ni permitiendo la más mínima involución. Hay personas que han decidido encarcelarse bajo la dictadura de las cosas materiales, que se han estancado en una mediocridad apacible. Pero la vida, si es tal, hará su trabajo. La vida empuja desde dentro con toda su fuerza, y, antes o después, nos hará caer del burro ficticio de nuestras seguridades. En este camino, en la vida, nunca es tarde para rectificar. El dicho popular lo confirma: “rectificar es de sabios”. La mujer y el hombre conscientes de sí mismos y de cuanto les rodea están haciendo de sus vidas una tierra fértil. Sabio es el humilde que se deja interpelar e instruir por las personas y por los acontecimientos. Dejó dicho Tucídides que “la historia es un incesante volver a empezar”. Siempre estamos aprendiendo, somos aprendices de novedades. Es ese incesante volver a empezar lo que nos mantiene despiertos, con la conciencia despabilada para captar los signos que se manifiestan en el ámbito de lo ordinario, los mensajes que la realidad misma nos va ofreciendo constantemente. La vida nos brinda la oportunidad a cada instante de crecer, de avanzar, de volver a empezar de nuevo renovando constantemente el compromiso con este don y misterio de ser personas humanas, y todo en el hoy posible, ya que el mañana no es más que un hoy proyectado hacia el futuro. Antonio Machado arengó al caminante de todos los tiempos con la fuerza de evocación de la poesía. Ya sabemos que en realidad no hay camino, que “se hace camino al andar”. Y cada persona tiene el suyo personal, un camino virgen por el que nadie aún ha transitado, ni va a transitar jamás. Bien visto, somos creadores de caminos, forjadores de nuevos senderos que descubrimos en la medida en que vamos desbrozando la maleza que nos impide avanzar con paso firme. El camino tiene valor intrínseco, aunque esté en función de una meta final, porque en el fondo lo decisivo no es el llegar sino el ir, porque la única manera de alcanzar la meta propuesta es caminando hacia ella. El destino es el mismo viaje, el propio camino es ya la meta. La vida es camino, tensión constante hacia lo máximo, lo mejor de nosotros mismos. La vida es un misterio que sólo se resuelve a través de la praxis y de la experiencia de crecimiento y maduración. Andrés Torres Queiruga lo ha definido muy bien: “El camino ha simbolizado y sigue simbolizando con peculiar energía toda la honda significación del homo viator, del hombre y de la mujer que, trabajados por el hambre de trascendencia, quieren recorrer la vida hasta los límites extremos de su ser...” [1] . La vida es camino, y el camino se hace al andar. “La vida es un camino que se hace sueño. La vida es un sueño que se hace camino. Vida, camino y sueño; tríada de ases que van acurrucando con sus tiernos compases la experiencia que somos, la que se hace siendo, la que nos cuenta cuentos: Érase una vez la Vida, y la Vida es camino, y la Vida es sueño”.
[1] Prólogo al libro: Camino de Santiago, Viaje al interior de uno mismo, De García Monge y Torres Prieto, DDB 1999 |
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Todo está bien al final |
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