
Comunidad Franciscana en el Camino de Santiago. VALLE DE VALCARCE
Vega de Valcarce. León. contacto: fraydino@yahoo.es
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Los caminos a Santiago Autor: Paco Castro. ofm
A modo de presentación El Camino de Santiago es uno de los fenómenos de masas más significativo de los últimos años del siglo XX y comienzos del XXI, y todo hace pensar que lo seguirá siendo a lo largo de mucho tiempo, proyectándose en el futuro. Pero lo que quizás muchos no sepan es que el Camino, o los “caminos”, hunden sus raíces en la historia, una historia milenaria que ha tenido una gran repercusión, sobre todo en la época medieval, y que tiene mucho que ver con el surgimiento de un sentimiento de unidad en la pluralidad dentro del concierto de pueblos que desde antiguo pueblan la vieja Europa. El gran literato germano Goethe llegó a escribir que “Europa surgió peregrinando a Compostela”, y no le faltaba razón al poeta. Los caminos, sobre todo la ruta francesa, fueron durante siglos la columna que vertebró la unidad de un continente disgregado y enfrentado. Referirse al Camino de Santiago es tanto como tratar de simplificar una realidad que es en sí misma plural, puesto que de igual manera que se dice en el habla popular que “todos los caminos conducen a Roma”, también para ir a Santiago hay que hablar de varias rutas que por razones muy diversas, desde las geográficas a las políticas, han diseñado toda una red de vías igualmente útiles para alcanzar la meta, y es que la esencia de la peregrinación no está sólo en la meta final sino también en el espacio que va entre el comienzo y el fin de todo esfuerzo. Por eso sería más acertado referirnos a “los caminos de Santiago”, o lo que es lo mismo: las diversas rutas que conducen a la ciudad del Apóstol. Por eso quizás sea oportuno comenzar haciendo una referencia, aunque sea breve, a las rutas clásicas y modernas que conducen a Compostela: sus “caminos”. “¡Viejo y ecuménico camino de las peregrinaciones y de la civilización clásica y cristiana en que las rutas de Europa se resumen, hollando por las sandalias de los reyes y de los papas, enaltecido por la gracia de los santos y por donde la grandeza del mundo arribó a la ciudad apostólica al son de los himnos de Ultreya, recitando los salmos entre los acoredes de las cítaras!” [1]
El Camino Francés Es el camino por excelencia. Lo confirma una gran tradición histórica y la labor de recuperación y promoción efectuadas en los últimos años. Su itinerario quedó fijado hacia el siglo XI gracias, en buena medida, al mecenazgo de Sancho “el Mayor” de Navarra y de Sancho Ramírez, junto con los monarcas de Castilla. Esta ruta aparece ya descrita en el Codex Calixtinus (siglo XII). Su libro V pasa por ser la guía turística más antigua de las que se tiene noticia. El autor de la misma pudo ser Aymeric Picaud, monje francés que supuestamente peregrinó desde su patria hasta la ciudad del Apóstol. En el “Liber Sancti Iacobi” podemos encontrar topónimos e informaciones de toda índole acerca de los lugares, las fuentes y puentes, las personas o las costumbres. La Francia de entonces ofreció su territorio a cuatro rutas distintas: París-Tours, Vézelay-Limoges, Le Puy-Conques y Arlés-Toulouse. Las tres primeras se unían en Ostabat para entrar en la Península Ibérica por el Pirineo navarro (Roncesvalles), mientras que la cuarta entraba en la Península Ibérica por el Pirineo aragonés (Somport). Ambos caminos: el aragonés y el navarro, se hacen uno a la altura de Puente la Reina (Navarra), tras atravesar importantes plazas medievales: Jaca (Aragón) y Pamplona (Navarra). A partir de ahí el Camino se abre paso en dirección al Finisterrae pasando entre otras localidades por Estella, Logroño, Santo Domingo de la Calzada, Burgos, Castrojeriz, Frómista, Carrión de los Condes, Sahagún, León, Astorga, Ponferrada y Villafraca del Bierzo. El Camino “francés” accedía a Galicia a través de los montes limítrofes de Lugo y León tras su paso por Vega de Valcarce. El primer lugar que encontraban los peregrinos en tierra de gallegos era O Cebreiro, en lo alto del puerto de Pedrafita, lugar emblemático que bien merece parada y fonda. Su iglesia prerrománica con su santa María la Real embelesa la mirada. Viene luego Liñares, Hospital da Condesa (en donde fundó un hospital para peregrinos la condesa Exilo), Padornelo (en donde se instaló la Orden de San Juan de Jerusalén), Alto de Poio, Fonfría (así llamada en honor a su fuente, y en la que hubo hospital en el que se ofrecía al peregrino fuego, sal, agua y una cama con dos mantas), y Triacastela (en alusión a tres castillos o a tres caminos que conducían a Castilla), en donde los peregrinos recogían una piedra de una cantera local para llevarla hasta los hornos de cal de Castañeda, a fin de colaborar en la construcción del templo románico de Compostela. Desde Triacastela el Camino se hace dos: uno en dirección a la Real Abadía de Samos, imponente edificio monástico, y el otro por las montañas vecinas, por San Xil y Calvor. Ambos se vuelven a juntar a la altura de Sarria. Vendrá luego Barbadelo tras cruzar el río por Ponte Áspera, y Portomarín con su embalse del río Miño. Gonzar, Castromaior (existe un castro), Ventas de Narón, Lameiros con su cruceiro, Ligonde (en su hospital pernoctaron Carlos V y Felipe II), Palas de Rei (en honor a Alfonso IX que fue benefactor de la villa, o acaso del godo Witiza que aquí tendría su palacio), Leboreiro, Furelos con su puente, Melide (aquí era en donde el cabildo compostelano recibía al arzobispo que llegaba de Roma), que tuvo un lazareto y un hospital con 24 camas construido en 1375 en el que los peregrinos, por cuestión de espacio, dormían de dos en dos. Raído, Boente, Castañeda, Ribadiso, Arzúa, Santa Irene, Rúa, Arca do Pino, San Antón, Amenal, Lavacolla (en cuyo río, así denominado, se lavaban de cuerpo entero los peregrinos en vísperas de llegar a la meta jacobea), Monte do Gozo y Santiago de Compostela. Ésta, que era la ruta seguida por los caminantes que provenían de los diversos pueblos de Europa, sigue siendo la preferida por los peregrinos, la más protegida y laureada por los organismos internacionales. Y todo ha sido posible gracias a la labor llevada a cabo por Picaud en su guía de peregrinación en la que describe con cierta precisión los lugares por los que transitó él mismo en el siglo XII. A Aymeric se le notaba su procedencia ya que prácticamente del único pueblo del que escribe en términos laudatorios es del suyo propio. De los habitantes de la tierra de Santiago llegó a sentenciar: “Después, pasada la tierra de León y los puertos del monte Irago y el Monte Cebreiro, se encuentra la tierra de los gallegos. Abunda en bosques, es agradable por sus ríos, sus prados y riquísimos manzanos, sus buenas frutas y sus clarísimas fuentes. Pero es rara en ciudades, villas y tierras de labranza. Escasa en pan de trigo y vino, abunda en pan de centeno y sidra, en ganados y caballerías, en leche y miel y en grandes y pequeños pescados de mar; es rica en oro y plata, en tejidos y pieles silvestres y en otras riquezas, y sobre todo en tesoros sarracenos. Los gallegos son quienes se acomodan más perfectamente que las demás poblaciones españolas de atrasadas costumbres a nuestro pueblo galo, pero son iracundos y muy litigiosos”. Otro testimonio más imparcial de esta misma época (siglo XII) es el del geógrafo musulmán Al-Idrisi que se refería a la existencia de varias rutas hacia Santiago destacando la importancia de ciertas localidades tales como Pamplona, Puente la Reina, Estella, Nájera, Burgos, Carrión, Sahagún, León, Astorga y, por supuesto, Santiago. La pujanza de esta ruta fue debida también a circunstancias socio-económicas despuntando villas y burgos que basaban su fortaleza en las más diversas actividades económicas y mercantiles. De Burgos se llegó a escribir en la Edad Media que era "fuerte, opulenta, tiene casas de comercio, mercados, depósitos de provisiones, y la frecuentan muchos viajeros". De la pulcra leonina (León) también se llegó a destacar su vertiente comercial e industrial.
La Ruta de la Plata Esta ruta es la que discurre por el sudeste de la Península. Tiene su origen en Sevilla y atraviesa las provincias civiles de Badajoz, Cáceres, Salamanca y Zamora (si bien tiene algunas variantes, una de las cuales se interna por territorio portugués). Lo más probable es que esta vía discurriese siguiendo el trazado de la calzada romana que atravesaba estas tierras y que comunicaba Emérita Augusta (Mérida) con Astúrica Augusta, tierras bañadas por los ríos Tajo y Duero. Esta ruta era conocida como “de la Plata”. Se cree que la expresión deriva del término árabe “Bal´lat´ta”, que alude a una supuesta calzada “empedrada”. Hipotéticamente éste fue el camino que emplearon los musulmanes andalusíes para atacar los reinos cristianos del norte peninsular. Hay sin embargo quien sostiene que la expresión puede referirse al mineral (la plata) que pudo ser muy abundante por estas tierras. Tras la caída de Sevilla y Córdoba los mozárabes cristianizaron esta ruta como vía de peregrinación. Por aquí vendrían de nuevo a Compostela las campanas de la catedral, aquellas que habían sido expoliadas por las tropas de Almanzor en el año 997, y que ahora retornaban una vez caído el régimen de Córdoba bajo el empuje de Fernando III. Hispalis (Sevilla) es la ciudad de la luz que presume de su pasado fenicio, romano, griego, judío y musulmán. Destaca su gigantesca catedral, que fue antes mezquita, con el alminar del siglo XII rematado por la figura del “Giraldo”, del siglo XVI, que es una gran veleta que se deja guiar por los vientos. Sevilla mira a América y recuerda pasados esplendores mirando al río Guadalquivir con su Torre del Oro. Luego viene, ya en tierras extremeñas, Zafra con su alcázar con la torre del Homenaje y el patio recubierto de mármol blanco, el convento de Santa Clara del siglo XVI y la iglesia de la Candelaria con retablos de Zurbarán y Churriguera. Extremadura te ofrece en Mérida su legado romano: teatro, anfiteatro y museo. La ciudad fue fundada en el año 25 a C. Destaca también su puente sobre el Guadiana con 60 ojos y 792 metros de longitud. Y en Cáceres, patrimonio de la Humanidad, te ofrece la armonía de su casco histórico: Plaza Mayor o del “Bujaco”, con-catedral, iglesias y palacios, Arco de la estrella y Santa María. Luego viene Plasencia con su acueducto y su catedral (que en realidad son dos): la de los siglos XIII-XIV y la del XV. Castilla te saluda con su histórica Salamanca (la “Roma Chica”), ciudad del saber y la poesía que te invita al paseo sosegado por sus rúas y al descanso y la oración en alguna de sus catedrales. Goza contemplando el barroco de su Plaza Mayor, el plateresco de sus palacios y la “jacobea” Casa de las Conchas. Pregunta por la “rana” y el “astronauta”. Salamanca es dorada al amanecer y al atardecer, como un campo de trigo. Te aguarda luego Zamora, la que “no se tomó en una hora”, hija del padre Duero, con su románico y su catedral con cúpula bizantina. De ahí la ruta te ofrece la posibilidad de ir hacia Astorga o hacia Puebla de Sanabria, encaramada a un cerro con castillo en la cumbre y su iglesia de la Resurrección. A tiro está también Benavente, de origen romano y con su castillo, iglesias de Santa María del Azogue (siglos XII a XVI), San Juan (que dicen fue del Temple), y el hospital de la Piedad, edificio del siglo XVI. Ya en tierras orensanas lo normal era hacer parada y fonda en Verín, en su hospital de peregrinos situado en el castillo de Monterrei. Merece una visita la iglesia de la Merced y su Cristo de Gregorio Fernández. Viene luego Xinzo de Limia, la mitológica Allariz (sede regia de Alarico) y la capital: Ourense, con su Pórtico del Paraíso de la catedral, las “burgas” (surtidores de agua caliente de la época romana), el Puente del Milenio y el romano, así como el claustro de San Francisco. Seguramente el monasterio de Santa María de Oseira, a pocos kilómetros de la ciudad ourensana, acogió durante siglos a los caminantes. Incluso se puede afirmar que la Orden de los Caballeros de Santiago también extendieron sus brazos hasta estas tierras para proteger a los peregrinos. La Orden de San Juan de Jerusalén tuvo un priorato en Allariz que data de 1170, desde ella vigilaban el Puente de Vilanova y protegían las iglesias románicas de la población. Por su parte los Templarios se situaron en Santa Mariña de Augasantas, no lejos de Allariz. La ruta alcanza pronto tierras pontevedresas: Lalín, Silleda (cerca está el monasterio de Carboeiro) y ya Compostela, por cuya puerta de Mazarelos (la única de la muralla medieval que se conserva) entraban los vinos provenientes del Ribeiro. Si nos referimos a la Baja Edad Media bien podemos hablar de un flujo importante de peregrinos que venían del sur peninsular y enlazaban con el Camino “francés” a la altura de Astorga, o que entraban en Galicia por tierras zamoranas (Puebla de Sanabria), o incluso por Portugal (Bragança y Chaves). Este mismo camino sería el que tiempo después emplearían las gentes de Galicia para ir a ganar el pan a la siega castellana. A día de hoy esta ruta está comenzando a recuperarse, al menos en su tramo gallego, pero todavía es una gran desconocida.
La Ruta marítima del Mar de Arousa Esta ruta a través de las aguas marinas de la ría de Arousa y las fluviales del río Ulla conmemora la llegada a tierras gallegas del cuerpo del Apóstol, una vez decapitado en Palestina (año 44): es conocida como la “traslación”. La tradición, luego recopilada en diversos textos medievales, cuenta que sus discípulos recogieron el cuerpo y lo embarcaron en el puerto de Jaffa rumbo a la tierra en la que había predicado. Atravesaría así el Mediterráneo y subiría hacia el norte por las costas atlánticas hasta alcanzar el Finisterrae. Las leyendas enfatizan el acontecimiento de modo que el barco sería nada menos que un navío de piedra sin timón guiado por ángeles. Lo más probable es que se tratase de uno de los barcos comerciales que ya entonces surcaban los mares uniendo oriente con occidente en busca de estaño y otros metales que abundaban en Iberia. La travesía finaliza en la población romana de Iria Flavia (Padrón). El Códice Calixtino narra la “traslatio” en su libro III. La representación de la barca apostólica figura ya acuñada en una moneda del siglo XII que fue hallada en Adro Vello (O Grove). Finalmente el lugar de enterramiento fue una necrópolis en una encrucijada de caminos (monte Libredón). Allí quedó sepultado y allí quedó olvidado bajo el espeso manto de la maleza. Todo ello tras extrañas y legendarias vicisitudes que tuvieron que soportar los discípulos apostólicos: Atanasio y Teodoro. El olvido perduró hasta el siglo IX. En los últimos años se ha querido recuperar la memoria de este acontecimiento y a tal fin se ha constituido la Fundación “Ruta Xacobea do Mar de Arousa e Ulla”. Cada año se organiza una peregrinación a bordo de barcos de la zona desde un puerto de mar hasta desembarcar en Cesures, tras remontar el río Ulla (cuando las mareas lo permiten).
El Camino del Norte Pudo ser ésta la primera ruta utilizada. Cuando se produjo el descubrimiento de un sepulcro identificado como el de Santiago Zebedeo en tierras de A Mahía, la Península estaba prácticamente dominada por los musulmanes, de modo que la peregrinación sin riesgos sólo era posible a través de las montañas cantábricas, que fueron a la sazón el escudo natural que evitaba al invasor. Junto a este camino coexiste otro denominado “primitivo” o “real” que fue supuestamente el que utilizó Alfonso II, “el Casto”, cuando acudió con su corte a tierras gallegas para comprobar in situ el hecho del hallazgo de unos restos atribuidos al Apóstol. Parte desde Oviedo para entrar en Galicia por tierras de Lugo. La voz popular quiso perpetuar la relevancia de la ruta que discurre por el norte peninsular afirmando que “quien va a Santiago y no va al Salvador, sirve al criado y deja al señor”, refiriéndose a la imagen del Salvador que se venera en la catedral ovetense, que custodia valiosos objetos de arte en su “Cámara Santa”. Existe además un Monte del Gozo asturiano: el “Majoya”. Si buscas arte, historia o espiritualidad no dejes de visitar las iglesias asturianas de San Julián de los Prados, San Miguel de Lillo y Santa María del Naranco. Atrás queda Asturias y te adentras ya en tierras gallegas, bien por Ribadeo, siguiendo por Lourenzá con su cenobio benedictino del 969 y el monasterio del Salvador del siglo XVIII, bien por A Fonsagrada que tuvo su propio hospital (éste sería propiamente el Camino “primitivo”). Lugares de obligada visita eran, y son, Mondoñedo con su catedral románica, y Lugo con sus murallas romanas y su catedral en la que desde la más remota antigüedad se adora el Santísimo, permanentemente expuesto. La ciudad de Lugo debió tener en los orígenes jacobeos una cierta preponderancia después de Compostela. Cuando se inician las peregrinaciones a Santiago, en el siglo IX, Lugo era la ciudad más importante de Galicia, tanto a nivel religioso como político. Su esplendor romano -fundada por Augusto- la llevó a convertirse en la Alta Edad Media en una etapa importante del camino de los primeros peregrinos que se dirigían a Santiago. Alcanzarás luego Sobrado dos Monxes con su monasterio y Arzúa, enlazando aquí con la ruta francesa.
El Camino Portugués La vinculación del fenómeno jacobeo con Lusitania viene desde antiguo, tal y como quieren expresar tradiciones y leyendas que hablan de la presencia del predicador por esas tierras. De hecho se cree que el propio Santiago nombró a uno de los suyos para regir la naciente iglesia de Tui, a un paso de Portugal (su nombre era San Epitacio). El Camino portugués tiene diversas variantes, por la costa atlántica y por el interior. Pero actualmente la ruta más explícita es la atlántica que cruza el río Miño para entrar en Galicia a través de Tui. Porriño, Redondela, Pontevedra, Cesures, y sobre todo Padrón, son lugares de paso para los aguerridos peregrinos lusos que aún hoy siguen afluyendo en masa, pero utilizando modernos medios de locomoción. Las huellas jacobeas en Portugal son apreciables en el epígrafe del siglo IX de la iglesia de Castelo de Neiva, en la que figura una dedicatoria hecha por el obispo Nausto de Coimbra que se refiere al Apóstol. También las tropas lusas invocaban su patrocinio en la reconquista. Existe un catálogo de “milagros” obrados por mediación de Santiago en el país vecino, así por ejemplo en la toma de Coimbra (s. XI) e incluso, al igual que en Clavijo, apareciéndose físicamente en la batalla de Ourique, tomando partido por las tropas cristianas. Sin embargo a fines del siglo XIV el culto santiaguista va decayendo merced a influencias foráneas (en concreto de los ingleses). El “Cancionero de Ajuda”, documento literario de esa época, sin embargo deja entrever que, sobre todo en el norte del país, la devoción al Apóstol siguió teniendo cabida. También Portugal supo ser benévola con los peregrinos, para quienes se edificaron hospitales y hospederías. Así, en el norte del país hubo un tiempo en el que llegó a haber más de 100 hospitales (conocidos como “Misericordias”). Asimismo se llegaron a computar más de doscientas parroquias bajo la advocación de Santiago. Portugal es tierra de reinas y reyes especialmente jacobitas. Fue el caso de Manuel “el Afortunado” y de la “Rainha Santa”: Isabel de Portugal, que peregrinó a Compostela al menos en dos ocasiones y que quiso ser amortajada con el atuendo propio de los peregrinos. Actualmente la mayoría de peregrinos que optan por transitar por estos caminos galaico-portugueses suelen desplazarse hasta Tui, ciudad-fortaleza tal y como denota el románico militar de su iglesia situada en un promontorio desde el que se contempla el padre Miño y el país vecino. La sede tudense (una de las diócesis más antiguas de la Península) albergaba a los peregrinos en el caserón que hoy acoge el Museo Diocesano y cuya fachada se asoma a la plaza de la catedral. Hubo quien llegó a afirmar que “es tanta su antigüedad que no guarda memoria alguna de su fundación”. La siguiente población importante es O Porriño que contaba en 1569 con un pequeño hospital. Se conserva un testamento de la época que lo menciona. Viene luego Redondela que tuvo también su casa de acogida a comienzos del siglo XVI, formando un conjunto con la iglesia de Santiago. Un peregrino alemán de nombre Jerónimo Münzer llegó a la villa en 1494 debiendo albergarse en casa de un compatriota ante la ausencia de albergue. Pontevedra, ciudad abierta al mar a través de su río Lérez, no podía desconocer la presencia de gentes foráneas dentro de sus lindes, por lo que hubo de construirse un albergue. Así se hizo por disposición de una dama de nombre Tareixa Pérez Fiota (16 de julio de 1439). Surgió así el hospital “Corpo de Deus”, luego conocido como “Corpus Christi”. El edificio sería reconstruido posteriormente, en 1597, por mediación del teniente de alcalde Alonso Maza, encargando la atención del mismo a los Hermanos de San Juan de Dios. Tras el paso por la capital pontevedresa los peregrinos dirigían sus pasos a Caldas de Reis que también tuvo un hospital, propiedad del Arzobispado. El observador peregrino Juan Bautista Confalonieri se hizo eco de las buenas instalaciones y trato recibido cuando él hizo parada y fonda en el mismo.
El Camino InglésSe alude con esta expresión al trayecto que seguían los peregrinos que procedían de las Islas Británicas o de otras zonas costeras de Europa, en alguno de cuyos puertos embarcaban para navegar hasta las costas gallegas. Normalmente desembarcaban en A Coruña o Ferrol, o incluso otros puertos del Atlántico o el Cantábrico, desde donde se dirigían a pie o a caballo para postrarse a los pies del Apóstol (propiamente es esta ruta terrestre la que hoy conocemos como Camino “inglés”, o de los ingleses). Su auge se vio neutralizado en el siglo XVI debido a la Reforma Protestante y al desembarco en los puertos gallegos, en más de una ocasión, de tropas británicas hostiles. Las primeras noticias de desembarcos pacíficos de peregrinos se remontan al siglo XI. Así, por ejemplo, hay constancia de una travesía que concluyó el 15 de mayo de 1189 en el puerto de A Coruña. Se trataba de 60 naves danesas que transportaban rumbo a Jerusalén a “cruzados”. En el año 1235 se data una licencia escrita para el transporte de peregrinos. Y en el Año Santo de 1434 llegaron al puerto de A Coruña unos 3000 peregrinos ingleses.
El Camino de Fisterra-MuxíaSe trata en realidad de una ruta ideada en tiempos recientes que pretende recuperar la memoria de aquellos romeros que siglos atrás recorrían estas tierras tras visitar, con todos los honores, la tumba apostólica. En realidad es una ruta que sigue el rastro del sol hasta el occidente, hasta el océano Atlántico: el fin del mundo (Finisterrae de los romanos). La ruta tiene dos metas a elegir (ambas merecen la pena). Una es el cabo de Fisterra o Finisterre, un montículo que se adentra en el océano desde el que se pueden divisar hermosísimas puestas de sol. La leyenda quiere ver en este lugar uno de los más enigmáticos puntos de la tierra, espacio sagrado de los celtas que habitaron estos contornos de la antigua Gallaecia. Al parecer los peregrinos medievales, tras el gozo de Compostela, continuaban su peregrinación hasta la “costa da Morte” para ver morir el sol, y con él el hombre viejo, y renacer a una nueva vida, lo que significaban quemando las ropas que les habían acompañado durante su peregrinación. Se sabe que hubo aquí un eremita famoso y un santuario. La otra posibilidad es ir un poco más al norte, hasta Muxía (el topónimo quizás provenga de “mongía”, en alusión supuestamente a los monjes que habitaron en el cercano monasterio de Moraime). Muxía no sólo es una recoleta villa desposada con el mar sino sobre todo un santuario mariano (hay quien sostiene que es el más antiguo del continente dedicado a la Virgen) con su querida “Virxe da barca”, patrona de los marineros. El templo bien merece una visita con tiempo porque su situación geográfica invita a la oración y a la meditación íntima, ya que se asienta sobre rocas a muy pocos metros del mar bravío. La tradición quiere ver en alguna de estas rocas la barca que, por lo visto, transportó hasta aquí a María de Nazaret (es la famosa “pedra de avalar”), y la vela de la misma, que es la popularmente conocida “pedra dos cadrís” o “de los riñones”, bajo la que conviene pasar de cuclillas porque –dicen- es muy bueno para los riñones. Muxía y/o Fisterra son el laurel que coronará tus esfuerzos si tú también decides seguir la ruta del sol poniente, hasta el extremo occidental del continente.
[1] isidoro Millán, A la sombra del Apóstol (Once siglos de vida compostelana), Santiago 1938 |
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