Comunidad Franciscana en el Camino de Santiago. VALLE DE VALCARCE
Vega de Valcarce. León. contacto: fraydino@yahoo.es

 

 

 

El Camino es historia

Autor. Paco Castro. ofm.

  Preámbulo
  En los albores de la historia (siglos I-II)
  El silencio de los tiempos (siglos III-V)
  Los tiempos van madurando (siglos VI-VIII)
  Un sepulcro hace cambiar la historia (siglo IX)
  Los inicios de la peregrinación jacobea (siglo X)
  Europa se hace al Camino (siglo XI)
  La primavera de la peregrinación (siglo XII)
  Una Europa en transformación (siglo XIII)
  Universalización de la peregrinación (siglos XIV-XV)
  El otoño y el invierno siempre llegan (siglos XVI-XIX)
  El renacimiento (siglos XX...)

Preámbulo

   Dicen que la historia es maestra. Y en verdad habría que afirmar que conociéndola, dejándose adoctrinar por sus enseñanzas, una persona está en disposición de no cometer los mismos errores de ayer. El experto novelista Miguel de Cervantes lo supo expresar con toda la riqueza del lenguaje puesta al servicio de la definición: La historia es émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.

    Todos los seres humanos, y los pueblos que conformamos, somos producto de la historia: hijos de la historia. Todos tenemos nuestra historia personal e íntima: la del alma, y nuestra historia pública: la de las relaciones con nuestros semejantes y con el medio. Una historia que se va confeccionando con un poco de verdad y un poco de mentira, con luces y sombras.

    La historia son libros y pensamiento puestos al servicio de la investigación. Pero es también fábulas y leyendas, relatos de lo que si no fue, o no fue así, bien pudo haberlo sido. En donde no hay se pone al servicio de la sabiduría, que consiste en saber separar lo bueno, lo verdadero, de lo que no lo es tanto. La historia “es un incesante volver a empezar” (Tucídides) que nos obliga a reflexionar y corregir errores.

    El Camino con su historia es un acontecimiento que ha ido forjando un modo nuevo de entender las relaciones entre pueblos basándolas más en la solidaridad que en la lucha violenta. En el Camino confluían gentes venidas de todos los rincones del continente. Hasta entonces las relaciones humanas tenían mucho que ver con imperios y sumisiones, con guerras e intereses económicos. Con el Camino surgió un nuevo modo de entender las relaciones humanas en base a seguir un mismo destino hacia el occidente, hacia la tierra en donde el sol hace su nido, siguiendo incluso el leve resplandor de la Vía láctea en la noche. El Camino fue cuna de cultura, ya que se convirtió en el marco o escenario apto para el intercambio de conocimientos y fue también primavera en la que floreció el arte, las ciencias y las letras de modo singular. Sí, el Camino y su historia nos ayudan a conocernos y a conocer nuestras raíces comunes. La historia es uno de los pilares esenciales para comprender en toda su profundidad nuestro presente. La historia es maestra de la vida y nos ayuda a superar viejos errores potenciándonos y ayudándonos a progresar.

    Uno de los tres pilares esenciales para conocer nítidamente el significado del Camino (“caminos”) de Santiago es el de su historia, dilatada ya en el tiempo por más de mil primaveras desde aquel lejano, o quizás no lo sea tanto, siglo IX en el que el cielo señaló un lugar en la tierra llamado a ser “locus apostolici”, tierra de promisión para los pueblos de la dividida Europa. Una historia que sigue escribiendo en nuestros días páginas que tienen que ver con lo más hermoso y noble del espíritu humano, con sus valores.

    A continuación se exponen estructurados en períodos de tiempo (siglos) algunos de los acontecimientos más destacados de esta historia milenaria. No se trata de un estudio en profundidad sino de un mero elenco de acontecimientos importantes o curiosos que nos hablan de la relevancia histórica de las rutas jacobeas. Es ésta una forma de comprender mejor la peregrinación hacia la casa del señor Santiago.

    Te invito a que me acompañes en esta peregrinación breve pero intensa a través de la historia, repasando algunos de los hitos más reseñables del fenómeno jacobeo, desde sus orígenes en Oriente hasta nuestros tiempos de neo-capitalismo y globalización.  

 En los albores de la historia (siglos I-II)

    El Camino de Santiago tiene fecha de nacimiento, pero como toda historia tiene un prólogo, un antes, una preparación germinal que explica tanto o mejor lo que un hecho o acontecimiento histórico supone. El Camino lleva el nombre de un hombre, hebreo de nacimiento, y al que es imposible comprender sin aludir necesariamente a otra figura histórica magistral. El primero es un pescador llamado Santiago Zebedeo, el segundo es Jesús de Nazaret, su maestro.

   “Cristos” significa en griego “ungido de Dios”. Jesús, el hijo de María se auto-proclamaba “hijo de Dios”, el Mesías aguardado por Israel. El “nazareno” pasó la mayor parte de su vida en Galilea. De estos años de su infancia y juventud apenas se sabe nada. Pasados los treinta años emprendió la tarea de “evangelizar” (“llevar la buena noticia”) a toda la Humanidad. Su novedad radicaba en colocar al ser humano en el centro del Universo en base al amor de un Dios que es “Abbá” (“Papaíto”). Sus palabras y su estilo de vida alternativo prendaron a un grupo de hombres y mujeres que le siguieron adoptando un modo de vida itinerante basado en el amor al prójimo. Él se escogió a 12 (las XII tribus de Israel) que fueron enviados (“apóstoles”) hasta los confines de la tierra entonces conocida para predicar la nueva doctrina.

    Jesús acabó sus días en la tierra como lo hacen los valientes que se atreven a convivir con la verdad. Fue ajusticiado e injustamente condenado a muerte, siendo tratado como un maldito, un blasfemo. Consumó su misión entregando su vida como un auténtico mártir. Algunos autores no cristianos como Suetonio, Tácito, Plinio “el Joven”, o el judío Flavio Josefo, se hicieron eco de lo sucedido en aquellos días. Pero sobre todo conocemos los avatares fundamentales de la vida de Cristo a través de los cuatro evangelios canónicos atribuidos a los “evangelistas” Mateo, Marcos, Lucas y Juan, los cuales son unánimes a la hora de dar noticia, más que histórica teológica, de un ser singular que cambió los signos de los tiempos.

   Jesús murió en el patíbulo de la cruz hacia el año 33 de nuestra era. Sus discípulos, aquellos hombres y mujeres que le conocieron en vida, decían haberle visto resucitado, de modo que toman el testigo y salieron a los caminos del mundo a predicar la buena noticia de la salvación. Era la época de la dominación romana. Los caminos del imperio serían las vías que escogerían esos primeros testigos cristianos para llevar la “buena noticia” hasta los confines del mundo conocido. El diácono Esteban sería supuestamente el primer mártir cristiano después del “Único”. El siguiente sería Santiago Zebedeo, el primero de los íntimos de Jesús en probar el cáliz de amargura del martirio.

    El Nuevo Testamento se refiere a varios hombres que responden al nombre de Iacob, por otra parte nombre bastante común en aquella época y cultura. Nuestro Santiago era el hermano mayor de Juan, el “evangelista”. Ambos eran originarios de Betsaida pero habitaban en la cercana Cafarnaún, trabajando en el negocio familiar de la pesca en las riberas del Lago de Genesaret. El Codex Calixtinus (S-XII) catalogará a Santiago como santo de admirable poder, bienaventurado por su vida, asombroso por sus virtudes, de ingenio esclarecido”.

    Nuestro Santiago topónimo y nombre personal viene de Iacob y significa “Dios nos protege”. Su traducción griega nos habla de Iacobus y la latina de Sancti Iacob (San Jacobo), de ahí el nombre derivarían en Santiago.

    Jesús de Nazaret eligió a los dos hermanos para ser sus discípulos, tal y como atestiguan los cuatro evangelios canónicos (Marcos 1,19; 5,37; Lucas 5, 10; 5, 37; 9,28; 9,51; Mateo 4, 21-22; 17, 1; 26, 36; 20, 23; Jn 19, 27) y el libro de los Hechos (Hch 1,18), y llegó a apodarlos “Boanerges” o “hijos del trueno”, posiblemente por el fuerte carácter de estos dos pescadores (Marcos 3, 13-17). Ambos estuvieron presentes en acontecimientos muy significativos de la vida de Cristo (la transfiguración del Monte Tabor, la resurrección de una niña, y la oración en el Huerto de los Olivos).

    El relato de la vida de Santiago se fue construyendo en base a conjeturas. Supuestamente el Apóstol fue el encargado de misionar en el extremo occidental del continente. Así, realizaría el viaje por mar en alguna de las naves comerciales de la época, desembarcando en la costa de Andalucía, tierra en la que comenzaría su predicación, continuándola en Coimbra y Braga pasando luego, según la tradición, a Iria Flavia, en el Finisterre hispánico.

    La tradición popular nos recuerda la presencia de Santiago en cumbres próximas al valle de Padrón, en donde existía el culto a las aguas. Ambrosio de Morales en el siglo XVI, en su “Viaje Santo”, escribió: "Subiendo la montaña, en la mitad de una ladera está una iglesia donde dicen que oraba el Apóstol y decía misa, y debajo del altar mayor sale hacia fuera de la iglesia una fuente con gran golpe de agua, la más fría y delicada que yo vi en Galicia". Ese lugar existe en la actualidad y ha recibido el nombre afectuoso de "Santiaguiño do Monte". Uno de los autores de los sermones recogidos en el Códice Calixtino, aludiendo a la predicación de Santiago en Galicia, menciona "al que van a venerar las gentes, Santiago, hijo de Zebedeo, la tierra de Galicia lo envía al cielo estrellado".

   El regreso a Tierra Santa, sería por la vía romana de Lugo para cruzar la Península, pasando por Astorga y Zaragoza, en donde, abatido, Santiago recibe el consuelo y el aliento de la Virgen, que se le apareció, según la tradición, a orillas del río Ebro sobre un pilar romano de cuarzo, pidiéndole que construyera una iglesia en aquel lugar. La basílica maña y la capilla del Pilar de su homónima compostelana rinden tributo a un acontecimiento que tuvo también su plasmación en la fe y la iconografía santiaguista, que representa al Apóstol de rodillas orando en presencia de María que se sustenta en un pilar. Desde aquí, por el Ebro, pudo dirigirse a Valencia para embarcar en un puerto murciano o andaluz y regresar a Palestina en torno a los años 42-43. Pero las leyendas según quién las cuente y cómo varían.

    El libro de los Hechos sin embargo asegura que Santiago fue mártir, posiblemente el primero de los apóstoles en seguir así los pasos del Maestro. Fue en torno al año 44. Jacobo fue mandado decapitar por Herodes Agripa en Jerusalén. Poco más sabemos de él. Aparte de los datos que nos ofrecen los textos bíblicos sólo las tradiciones nos dan noticias.

    Quieren las leyendas -siempre caprichosas- que sus restos mortales, tras ser arrojados fuera de los muros de la ciudad para ser pasto de las bestias, fuesen recogidos por sus discípulos. Y se ensalza al santo atribuyéndole la sanación de un paralítico mientras iba camino del suplicio. Josías, un escriba judío, al contemplar dicho milagro se convirtió y fue bautizado por el mismo Apóstol (de ello guarda memoria plástica el retablo de John Goodyear del siglo XV que se conserva en el museo de la catedral compostelana). Tras su muerte (Hechos 12,2) su cuerpo sería llevado al “extremo Occidente, a los bellos parajes donde los hijos de Tiro y Sidón extraen el oro” que había sido en vida, tras la muerte del nazareno, su tierra de misión. De su martirio guarda memoria a día de hoy una iglesia de Jerusalén custodiada por cristianos ortodoxos armenios y edificada sobre el lugar en donde se produjo el martirio.

    Ya antes había muerto (hacia el 62) otro famoso Santiago, el primer obispo de Jerusalén, que es citado en varios textos como “hermano del Señor” y que, según las últimas investigaciones, no hay que identificar con Santiago “el Menor”, uno de los Doce.

    Y sigue la leyenda tejiendo sus razones afirmando que dos de los discípulos del Apóstol, Teodoro (“don de Dios”) y Atanasio (“Inmortal”) tomaron consigo el cuerpo de su maestro y se embarcaron en Jaffa (puerto de mar abierto en Oriente hacia el Mediterráneo) siguiendo la ruta del estaño. Travesía que realizaban los barcos comerciales y que supuestamente duró sólo una semana en una embarcación tripulada por ángeles hasta que desembarcaron en Iria Flavia, actual Padrón (a unos 20 kms de la actual Compostela), atando la embarcación en un “Pedrón” o “Petronum” que en realidad era un ara romana dedicada a Neptuno (se conserva en la iglesia de Santiago de Padrón, bajo el altar y muy cerca del río Sar) sobre la que con posterioridad se grabó un anagrama de Cristo. Los restos arqueológicos hallados confirman que lo que hoy conocemos como Cesures (en donde se conserva un puente de origen romano) fue puerto. No lejos de allí se conservan las “Torres del Oeste” (“turris augusti”) que lo protegían de la llegada de invasores.

 

   Ya en tierra, Teodoro y Atanasio, según la tradición (“standum est pro traditione”), acudieron hasta el “Castro Lupario” (posiblemente actual castro de Francos) para pedirle a la reina Lupa (o Atia), señora de aquellas tierras, un lugar dentro de sus dominios de A Mahía para poder enterrar el cuerpo de Iacob. A Mahía es aún hoy un fértil valle, un lienzo verde que se extiende como alfombra hacia el Atlántico, es una “encrucijada ce caminos que llevan del alegre Miño a la brava costa brigantina, y de la caliente “Ría” a la otra Galicia, la lucense, alta y blanca de nieves” [1] . La reina, remisa a acceder a su solicitud, decidió remitirlos a otro gobernante de la zona llamado Filotro (legado imperial), residente en Duyo, el cual los mandó encarcelar. Tras ser milagrosamente liberados por un ángel fueron perseguidos. Cuando llegaron al puente de Ons o Puente Pías, sobre el río Tambre, una vez que los discípulos lo atravesaron, éste se hundió providencialmente y los huidos consiguieron escapar. Fue entonces cuando Lupa los recibió de nuevo y los envió al monte Illicinus (“monte de las encinas”), en donde habitaban bueyes salvajes a los que domesticaron y emplearon como medio de transporte del sarcófago que contenía los restos del Apóstol.  Este monte, desde entonces conocido como Pico Sacro, servía de guía natural para los peregrinos del Camino francés y del Camino portugués, como indicador natural de que ya estaban en la tierra de Santiago. En este legendario monte se construyó un monasterio dedicado a San Sebastián, cuya ermita aún se conserva tras ser reedificada en los siglos XI-XII. Hubo también una ermita dedicada a Santiago (siglo XI), y una torre (siglo XV). Muy cerca de allí pasaba una vía romana (se conserva un miliario en Aixón-Sergude datado en el año 40 dC). En las faldas del mismo monte fueron descubiertos también restos de edificaciones y de cerámica romanas.

    La leyenda concluye que la reina Lupa (de la cual puede que guarde memoria una fuente en la compostelana Plaza de Platerías) se convirtió al cristianismo y permitió que los restos fuesen enterrados finalmente en Mahía de los Ameos, en un lugar llamado “Liberum donum” (“finca exenta”). Pero esto aconteció después de un nuevo acontecimiento entre milagroso y simpático: Nos cuenta la leyenda que los bueyes comenzaron su camino sin ningún tipo de guía y se detuvieron, instintivamente, movidos por la sed, en un lugar donde escarbaron y brotó agua. Se trata de la actual fuente del Franco, junto al Colegio Fonseca, lugar en el que posteriormente se levantaría, como recuerdo, la pequeña capilla dedicada al Apóstol, junto a una fuente ahora canalizada y cegada.

    Supuestamente fue Santiago Zebedeo el encargado de llevar el Evangelio al “finisterrae” occidental siguiendo el mandato del Maestro que había pedido a los suyos que llevasen la buena noticia hasta los confines de la tierra.  Y así debió de ser puesto que hay testimonios de presencia cristiana desde tiempo inmemorial en estas tierras de la Gallaecia, seguramente aprovechando las vías romanas que acortaban las distancias y rompían las fronteras del mundo entonces conocido. Un documento latino de la época pone en boca de un legionario romano llamado Décimo Junio Bruto una expresión que denota la impresión que al romano produjo el milagro del sol contemplado desde los confines del mundo. Describe el atardecer en el Finisterrae con la imagen de un hierro candente (el sol) que se templa con agua en la fragua (el océano Atlántico), imagen plástica hermosa, máxime si la imaginación del que fue testigo del hecho añade también que incluso llegó a oír el chirrido producido por el sol en fusión con el océano. Por su parte Estrabón se refirió en su Geografía a la Península ibérica en los siguientes términos: “hasta ahora ni el oro, ni la plata, ni el cobre, ni el hierro se han hallado tan abundantes en alguna parte del orbe”.

    La historia confeccionada a través de tradiciones y leyendas se materializó en una serie de representaciones iconográficas de la figura del Apóstol: el “peregrino” fue ganando terreno al “apóstol” (con el libro de los Evangelios en la mano), e incluso al “guerrero liberador”, que tuvo su influjo tal y como atestiguan entre otros el frontón del siglo XIII que se conserva en una de las portadas interiores en el crucero de la catedral, el baldaquino mayor, una de las capillas del crucero y la fachada del Pazo de Raxoi. También el “Santiago sedente” hizo fortuna en los primeros tiempos de la peregrinación, tal y como atestiguan el Pórtico de la Gloria y el retablo central.

    Además en torno a la figura del Zebedeo se acabarían desarrollando, entrada la Edad Media, otras manifestaciones artísticas como el trabajo del azabache, que es una variedad del lignito muy resistente y difícil de trabajar. Por lo visto el azabache era conocido ya en Asia Menor, en la desembocadura del río Gagas. En la Hispania de entonces los árabes decidieron llamarle “az-zabach” de donde deriva el nombre actual. Los azabacheros llegaron a constituir un gremio pujante allá por el siglo XV (el mineral provenía entonces de Asturias) hasta el día de hoy en el que siguen existiendo (aunque pocos) en la calle que lleva el nombre del material: la Azabachería.

    Otros profesionales al servicio del culto y devoción jacobea fueron y son los plateros (con su Praza de Praterías dedicada), a los que ya en el siglo XII Xelmírez encargó un frontal y un retablo, y los grabadores que con sus técnicas (una de ellas, la del “boj de pie” fue creada en Compostela) difundían estampas del Apóstol y certificados de peregrinación, entre otros documentos vinculados a Santiago, persona y ciudad.

 

 Alfonso II manda edificar sobre el sepulcro una sencilla iglesia y comienzan a llegar visitantes a la tumba del Apóstol. En el año 844, otro fenómeno sobrenatural daría el definitivo espaldarazo a la figura de Santiago como encarnación de la Reconquista. El 23 de mayo en Clavijo, cerca de Logroño, el rey Ramiro I de Asturias se enfrenta a las tropas musulmanas de Abderramán II en clara desventaja numérica. En pleno fragor de la batalla el apóstol Santiago aparece espada en mano a lomos de su famoso caballo blanco repartiendo tajos entre los infieles. Los cristianos vencen contra pronóstico y el mito jacobeo traspasa definitivamente los Pirineos. Nace el apelativo de Santiago Matamoros. En el siglo X la peregrinación a Compostela es un hecho consolidado en la cristiandad. Es la época del camino de la costa, más seguro que los del interior, expuestos a las correrías árabes. Será a partir del año 1000 cuando se popularizan las peregrinaciones a Santiago, como antes lo hicieran los romeros con Roma o los palmeros con Jerusalén. Los monarcas comprendieron que mantener el Camino libre y expedito era asegurarse una vía de vital importancia económica, comercial y militar para controlar su territorio. Dos son lo reyes que más apoyarán la ruta jacobea: el navarro Sancho III el Mayor y el castellano Alfonso VI. El Camino se dota de una serie de infraestructuras (calzadas y puentes) y de lugares asistenciales para el peregrino. Fundamentales en este campo han sido las ordenes religiosas hospitalarias, entre las que destaca la de Cluny.

La primera eclosión en las peregrinaciones a Santiago se produce en los siglos XI y XII, coincidiendo con el esplendor del arte románico. En 1122 el Papa Calixto II proclama Año Santo Jacobeo aquel en el que el 25 de julio coincida en domingo. Multitudes de gentes comienzan a llegar de todas partes de Europa dando un toque cosmopolita a las ciudades por las que pasa el camino. El Camino Francés es el más utilizado y por Roncesvalles se constatan miles y miles de peregrinos en estos años, más tarde con la conquista de Zaragoza se habilitaría el ramal de Somport a Puente La Reina. Las antiguas calzadas romanas de Burdeos a Astorga pasando por Vitoria y Briviesca y de Astorga a Iria Flavia sirven de base a la ruta jacobea y surgen gran cantidad de burgos y ciudades que acogen una nueva clase urbana de artesanos y comerciantes, la mayoría francos.

A partir del siglo XIV el Camino entra en declive, la peste negra ha diezmado la población europea, la cristiandad comienza a dividirse (los protestantes consideraban las peregrinaciones como actos populacheros), el mundo comienza a ensancharse y los monarcas dedican sus esfuerzos a conquistar nuevos mundos. En los siglos XVII y XVIII se mejoran las comunicaciones y el Camino recobra parte del prestigio y recibe peregrinos ilustres, sin embargo en el XIX los librepensadores, los descubrimientos científicos, la revolución industrial y el desarrollo urbano no se llevan bien con un modo de vida con reminiscencias medievales. Fue tan aguda la crisis que en 1884 el papa León XIII tuvo que declarar verdaderos los restos del Apóstol reaparecidos en unas excavaciones (se habían escondido en el siglo XVI ante las amenazas de las

 

 

 

El silencio de los tiempos (siglos III-V)

 

   El día a día hizo caer en el olvido el testimonio de vida de aquel judío universal cuyo mensaje había sido portado por un pequeño grupo de avezados discípulos que entregaron todo su ser a la tarea de anunciar que Dios es Amor, y que es posible un modo alternativo de vida basado en la caridad fraterna.

 

   De la labor evangelizadora de Santiago y de su lugar de enterramiento pronto se perdería la memoria por varios siglos. Las primeras noticias de la presencia del cristianismo en la Gallaecia romana son de mediados del siglo III. En este mismo siglo se yergue la muralla romana de Lucus Augusti (Lugo), que ha sido recientemente declarada patrimonio universal de la Humanidad (tienen un perímetro de 2.140 metros). De este siglo data también el establecimiento de otra sede relevante: la de Astúrica Augusta (Astorga). Ambas plazas, Lugo y Astorga, acabarían convirtiéndose en enclaves importantes de las rutas jacobeas que, siglos después, se iban a trazar, en buena medida, siguiendo el trazado peninsular de las vías romanas.

    Hacia el siglo IV comenzamos a tener noticias de la presencia de la Iglesia de un modo estable en Occidente. En esta época destaca una figura singular: Prisciliano. Algunos autores contemporáneos vinculan de tal modo al fenómeno jacobeo a este cristiano heterodoxo que llegan a afirmar que los restos venerados en Compostela desde hace siglos son en realidad los de este hombre que tuvo discípulos por estas tierras. De él sabemos que fue obispo de Ávila y el primer mártir hereje condenado por la propia Iglesia. Prisciliano fue ajusticiado en Tréveris (actual Alemania) junto a siete de sus compañeros. Tras su muerte su cuerpo habría sido traído por sus seguidores a algún lugar dentro de los límites de la Gallaecia, en donde sería enterrado. Se apuntan como posibles lugares de enterramiento, además del ya mencionado, Astorga, en donde hubo algunos obispos afectos a la doctrina de Prisciliano, o incluso Santa Eulalia de Bóveda (Lugo), en donde por esta época existía un templo cristiano.

    Prisciliano fue descrito por Sulpicio Severo como un hombre culto, de familia noble y orgulloso. Conoció a Zoroastro y gustaba de la astrología. Su doctrina pronto captó adeptos. Se basaba en el rechazo de las relaciones sexuales por considerarlas pecaminosas, así como la repulsa del matrimonio y la jerarquía eclesiástica con sus dogmas. Estudió el gnosticimo en Burdeos de la mano de Elpidio. Sus teorías fueron abiertamente rechazadas llegando a ser denunciado ante el emperador por los obispos hispanos Idacio e Itacio, lo que provocó su destierro al ser tenido por maniqueo. Sus teorías fueron oficialmente condenadas por los concilios de Zaragoza en el año 380 (aunque aquí se condenaron sólo sus ritos en los que se cantaba y bailaba, llegándose a alegar en su contra que oraba desnudo), por el de Burdeos en el 383, y por el de Toledo en el 400. Se cree que tuvo mucha influencia en la cristianización de la Galicia rural, tierra en la que supuestamente tuvo muchos seguidores.

    La Iglesia hispana poco a poco se iba estructurando y organizando. En esta época se celebró el Concilio de Elvira o Iliberis al que asistió el obispo de León. Recientemente se descubrieron una serie de sepulcros paleocristianos como el de Termes (Carballedo, Lugo) que datan de este siglo IV, mosaicos y el llamado “Crismón de Quiroga”.

    Destacaron también en esta época el obispo de Aquae Flaviae (hoy Chaves, Portugal) Hidacio y el historiador Paulo Orosio, autor de la primera historia universal del cristianismo (“Historiarum adversum paganos libri septem”). Orosio relata así su huída de Braga cuando llegaron los suevos: “escapé de ellos cubierto por una repentina niebla cuando me perseguían por el mar”.

    En este mismo siglo IV se escribió la referencia a la predicación de Santiago en Hispania atribuida a Dídimo “el Ciego”. Todo ello en un momento histórico que marcaría profundamente la historia de la Iglesia y de la cultura occidental puesto que el cristianismo iba a pasar de perseguido a religión oficial del imperio, por obra y gracia del emperador Constantino (que otorgó el famoso Edicto de Milán en el año 313).

    Ya en el siglo V de nuestra era se constituyó en el noroeste de la Península el reino suevo bajo el mandato de Hermerico, instaurándose una nueva forma de gobierno: el “regnum”, al tiempo que se establecía la capital en la antigua y romana “Bracara Augusta” (Braga, Portugal). Será en este siglo cuando personajes como San Jerónimo y Teodoreto de Ciro mencionen la predicación de Santiago en el “finisterrae”. Según Jerónimo “el Espíritu ha dispuesto que cada uno (los apóstoles) repose en la región en la que evangelizó y enseñó”.

 Los tiempos van madurando (siglos VI-VIII)

    Los acontecimientos socio-políticos de la Península Ibérica fueron el prólogo de la fe. La vida misma con sus avatares fue abriendo el surco a una maduración que acabaría fructificando en la identidad cristiana que debía afianzarse en las raíces evangélicas más puras y genuinas.

    En el año 587 Recaredo I, bajo cuyo patrocinio se unifico el Reino visigótico, heredero de las estructuras romanas en la Península Ibérica, proclamó a Santiago patrón único de sus dominios, lo que nos hace pensar que la vinculación del Apóstol con estas tierras era tenida por tal desde antiguo. Poco después, en el 589, el III Concilio de Toledo mandó defender de los peligros a los peregrinos que vienen a tierras peninsulares. En este mismo siglo el obispo de Lleida hizo construir un hospital para extranjeros “sin distinción de cristianos y judíos, libres y esclavos”.

   De fines de este mismo siglo data la redacción del conocido como “Breviario de los Apóstoles” en el que se narran los avatares de la predicación de Santiago y su sepultura en un “arca marmórica” en el confín del mundo conocido. Martín Dumiense (natural de Panonia, hoy Hungría, pero evangelizador de estas tierras) fue obispo en la diócesis de Dumio y arzobispo de Braga destacando por su ingente labor apostólica y eclesial convocando los concilios de Braga y Lugo. Martín escribió en “De correctione rusticorum” acerca de las creencias pre-cristianas del ámbito galaico, algunas de las cuales aún perduran hoy.

    La Suevia del noroeste peninsular cayó definitivamente en el año 585, fecha en la cual Leovigildo incorporó el reino suevo a su reino visigodo tras la muerte en el 583 de Mirón, último rey suevo. El “Parrochiale Suevum” da cuenta de las sedes episcopales y sus iglesias existentes en esta época refiriéndose a la zona bracarense y a la luguesa en la que habla de la sede de Britonia (regida por el legendario obispo Maeloc). Un autor, J. Piel, llegó a identificar 88 topónimos de este texto (51 de origen pre-romano). Además, de esta etapa germanización de la antigua Gallaecia quedaron topónimos aún hoy existentes (es el caso de Guitiriz, Beariz, Sabarís o Distriz).

    Recientemente unas excavaciones arqueológicas en la iglesia de San Pedro de Rocas dejaron al descubierto unas tumbas antropomórficas de origen suevo, y lo mismo sucedió en la propia catedral compostelana, en donde se hallaron restos humanos de esta época.

    Ya en la segunda mitad del siglo VII un erudito monje inglés llamado Beda “el Venerable” constataba de nuevo en su obra el hallazgo de un sepulcro especial, y concretaba, sorprendentemente, la localización exacta del cuerpo del Apóstol en Galicia. San Isidoro de Sevilla en su “De ortu et obitu Sanctorum Patri” señala, sobreabundando en el tema, que el hijo de Zebedeo “predicó en España y en las tierras de Occidente y está enterrado en archis marmoricis”. Por entonces ya se había producido la conversión al cristianismo de los monarcas visigodos, si bien el arrianismo tenía gran influjo.

    En el año 757 se redactó un documento que venía a constatar el patronazgo de Santiago sobre estas tierras: “Avesano y su esposa Adosina” habían donado varias posesiones a la Iglesia de Mellán en honor “del Apóstol que Tú, Señor, nos has dado por patrono”. El propio Beato de Liébana menciona la devoción a Santiago en un himno del año 786 titulado “O Dei verbum”: “Oh, Apóstol dignísimo y santísimo, cabeza refulgente y dorada de España, defensor poderoso y patrono nuestro...”

    En el 711 llegaron los musulmanes a la Península, fenómeno que iba a tener mucha trascendencia en devenir de los acontecimientos entre los cuales el descubrimiento de un sepulcro y la devoción y patronazgo del Apóstol iban a ser decisivos. Hacia el 718 tuvo lugar la batalla de Covadonga (Asturias, en donde hoy se yergue un hermoso santuario mariano) encabezada por Pelayo (es el primer hito en la historia de la reconquista por parte de los cristianos de las plazas perdidas frente al empuje de las tropas musulmanas). Continuó el fuego de la violencia causando estragos en la batalla de Poitiers (año 732).

    Poco a poco Asturias se fue convirtiendo en el bastión cristiano. Alfonso I, yerno de Pelayo, liberaría poco después Galicia. En el 760 se fundó Ovetao (Oviedo) que pasará a ser la capital del reino astur. En el 770 el Beato de Liébana escribe sus “Comentarios al Apocalipsis”, que supuso una gran aportación cultural y religiosa en esta época de confusión y mezcolanza. Finalmente, en el año 791, accedió al trono asturiano Alfonso II, apodado “el Casto”, cuyo nombre quedaría ligado a la historia jacobea tal y como lo atestigua el monumento que la ciudad de Santiago erigió en su memoria en tiempos más recientes.

 Un sepulcro hace cambiar la historia (siglo IX)

    El siglo IX supuso el inicio del fenómeno de las peregrinaciones a la casa del señor Santiago. En una noche estrellada un monje comenzó a forjar un sueño que se convertiría en el cimiento de la identidad europea.

    En el año 800 Carlomagno fue coronado emperador de Occidente en Aquisgrán, primer paso para la constitución de un estado de cosas basado en la vieja idea de un imperio único que cuajó en el Sacro Imperio Germánico Romano, lo que supuso un nuevo impulso también para la religión cristiana que estaba llamada a ser religión oficial. Se iniciaba así una fase decisiva en la historia del Occidente cristiano. En la Península se inició el fenómeno de la repoblación de los territorios que se iban reconquistando a los musulmanes. Hacia el 804 se sabe que fue un prelado llamado Juan de Valpuesta el encargado de repueblar el valle del Ebro.

    Todo sucedió en una noche estrellada allá por el año 813 (aunque algunos historiadores sostienen que pudo haber sido más bien hacia el año 830, año en el que supuestamente murió Carlomagno pasando a ser Alfonso II –791 a 842- el nuevo monarca imperial). Fueron testigos del milagro un bosque y un eremita llamado Paio. Son nuevamente aquí prolijas las leyendas en urdir con ingenio lo que nadie pudo contemplar sino aquel solariego ermitaño que, como todo místico, supo ver más allá de las apariencias, leyendo en la noche lo que la historia y la vegetación habían sepultado. Cuenta la fe popular que Paio fue testigo nocturno (que es cuando la oración se hace experiencia mística profunda) del resplandor especial de una estrella que se posaba sobre un lugar sito en medio de la maleza del bosque. Sorprendido decidió alertar a Teodomiro, a la sazón obispo de Iria Flavia (+ 847, cuya lápida sepulcral puede ser vista y tocada en la propia basílica compostelana). Allá acudieron el obispo y su séquito quienes descubrieron en medio de la espesura del bosque un edículo de mármol (de ahí que se cite en los primeros documentos más antiguos como arca “marmórica”) en el que estaban supuestamente depositados los restos que pronto fueron tenidos por los de Santiago Zebedeo y sus discípulos Teodoro y Atanasio. Se cercó el lugar y, tan pronto tuvo noticia del evento, acudió el rey Alfonso II desde la sede asturiana, el cual mandó construir una iglesia nombrando al Apóstol patrón de sus reinos.

   Siglos después el canónigo compostelano López Ferreiro, en su Historia Compostelana escribiría acerca del hallazgo: (el eremita Paio) “halló en medio de malezas y arbustos una casita que contenía en su interior una tumba marmórea”. El rey Alfonso II “rebosando en gozo por tan importante noticia vino con paso acelerado a estas partes y restaurando la iglesia en honor de tan gran Apóstol, cambió el lugar de la residencia del obispo de Iria por éste que se llama Compostela”. Pronto se delimitaría el recinto sagrado (“locus Sancti Iacobi”). Serían no más de 3 hectáreas sobre las que se edificarían un pequeño templo muy pobre (“ex petra et luto opere parvo”) erguido sobre la tumba apostólica, un baptisterio dedicado a San Juan Bautista hacia el norte, una sede para el obispo y su cohorte, y el edificio de Antealtares en el que habitaban los monjes benedictinos dedicados a atender el culto. La noticia tuvo tal repercusión que, tan pronto tuvo noticia del evento el Papa León III reconoció el hallazgo en su epístola “Noscat vestra fraternitas”.

    La noticia se extendió por toda Europa como un río en crecida. Y así, en el 838, Floro de Lyon citaba ya en su Martirologio el culto santiaguista de raíces hispanas. Lo mismo sucedió con otro martirologio de la época: el de Usardo de Saint Germain des Pres. Los monarcas asturianos, conscientes de la importancia del descubrimiento, no dudaron en beneficiar el lugar y potenciar el culto al Apóstol. Así lo hizo el sucesor de Alfonso II, el rey Ordoño II.

    Además el prodigio fue una inyección de moral para las tropas cristianas en su lucha contra los musulmanes ya que fue interpretado como una señal divina que aseguraba la victoria final. Y tal fue la impresión que hacia el año 852 pudo haber tenido lugar una batalla en Clavijo (La Rioja) que finalizó con victoria cristiana merced -así se quiso interpretar- a la intercesión física del mismísimo Santiago, que de mártir pasó a ser batallador, tal y como atestiguan las múltiples imágenes y pinturas que reproducen estos acontecimientos tan poco evangélicos. Pero no acabaron aquí las batallas que ensalzó la imaginación popular puesto que por este tiempo tuvo lugar la famosa disputa entre Roldán y el gigante Ferragaut. La leyenda dice que Carlomagno estaba en aquel preciso instante jugando al ajedrez con Ganelón en la localidad navarra conocida hoy como Valcarlos sin que le fuese posible acudir en defensa de su hombre de confianza.

   Se fueron precipitando los hitos victoriosos y la reconquista se iba plasmando en nuevos territorios. En el 862 tuvieron lugar las reconquistas de Salamanca y Coria. En el 866 Alfonso III fue proclamado rey de León (la capital se iba desplazando hacia el sur). En el 877 se edificó un segundo edificio más amplio para albergar los restos apostólicos. En el 880 tuvo lugar la repoblación de Sahagún. En el 868 se reconquistaron las plazas de Simancas, Toro y Zamora. Se sabe también que por esta época se construyó un hospital para peregrinos en Villafranca de Montes de Oca.

 

   Del año 898 data la primera noticia de la presencia de los monjes benedictinos de Antealtares, que fueron los primeros en custodiar los restos apostólicos. En el 899 se produjo la consagración de la nueva basílica con la presencia del monarca Alfonso III, siendo obispo Sisnando. Y hay constancia también de la existencia de un hospital de peregrinos en Borres. Además por esta época Diego Rodríguez funda una de las ciudades más estrechamente unida a la peregrinación: Burgos (año 884).

 

   Y concluyó así un siglo decisivo en la historia jacobea. Del hecho milagroso guarda memoria el nombre de la urbe que tuvo el honor de custodiar tan preciados restos: COMPOSTELA (que según unos proviene del latín “campus stellae”= “campo de la estrella”, o de “compositum tellos”= “sepulcro bien cuidado”). Siglos más tarde escribiría Sánchez Albornoz: “creyeron los peninsulares y creyó la cristiandad y el viento de la fe empujó las velas de occidente y el auténtico milagro se produjo”. Desde entonces, Compostela “alborea a la vida histórica [2] .

 

  Los restos más venerados de la cristiandad medieval habían sido depositados en una necrópolis en la que también fueron hallados vestigios de enterramientos de la época romana, junto a otros de impronta paleocristiana y sueva. Además fueron descubiertos algunos vestigios que parecen indicar que en este lugar se había rendido culto pagano a Júpiter, dios del trueno.

 

 

 

Los inicios de la peregrinación jacobea (siglo X)

 

  

   Tras la noticia del hallazgo de los restos del Apóstol la fe se movilizó y comienzaron a definirse las rutas de peregrinación hacia el Occidente europeo. Gotescalco, obispo de Puy (Francia), es el primer peregrino del que queda constancia escrita (debió ser hacia el año 950). Un monje del monasterio de Albelda (La Rioja), fundado en el año 929, narra el paso del prelado franco por este monasterio: “El obispo Gotescalco, que por motivo de oración, saliendo de la región de Aquitania, con una gran devoción y acompañado de una gran comitiva, se dirigía apresurado a los confines de Galicia, para implorar humildemente la misericordia de Dios y el sufragio del apóstol Santiago”.  Por lo visto el susodicho mitrado encargó una copia del “Tratado de la Virginidad de María de San Ildefonso” a los copistas del monasterio de San Martín de Albelda.

 

   En el año 910 el rey Alfonso III trasladó la capital de Oviedo a León. En ese mismo año Guillermo de Aquitania fundaba el monasterio de Cluny. En el 923 Sancho Garcés conquistaba Nájera. En el 925 Sancho Ordóñez fue coronado como monarca en la catedral de Santiago. En el 927 San Odo, abad de Cluny, inició la famosa reforma cluniacense (una de las reformas más fructíferas de la historia de la Iglesia). En el 937 se fundó el monasterio de Santiago de Peñalba en el que se santificaría, entre otros ascetas, San Genadio. En el 939 tuvo lugar la batalla de Simancas en la que intervino Santiago según atestiguó el monarca Ramiro II. En el 946 el mismo Ramiro II convocó un concilio en el monte Irago (Foncebadón), en plena ruta jacobea.

 

   Se sabe que en el año 961 Hugo Vermandois peregrinó a Santiago desde Reims (Francia). En el 960 Cesáreo, abad de Santa Cecilia de Montserrat, viajó a Santiago para pedir ante una asamblea de obispos el cambio de la sede metropolitana de la que dependían los obispos catalanes. En el 983 el eremita Simeón de Armenia recorrió Francia camino de Compostela.  En este mismo siglo X tuvo lugar la fundación de la Colegiata de San Isidoro de León en donde se veneran los restos del santo hispalense (trasladados a este lugar en el año 1.063). En un documento del año 955 se menciona por primera vez el nombre de Compostela.

 

   Vermudo II fue coronado, en la catedral compostelana rey de Galicia (año 982), llegando a incorporar a sus dominios tierras de León tras vencer al rey de leonés Ramiro III en la batalla de Portela de Areas (Monterroso). Otra obra literaria de esta época cita a Santiago, se trata del tratado “De Virginitate Mariae”. No deja de ser curioso el que por esta época nacía también una peregrinación recientemente hermanada con la jacobea, se trata de la peregrinación japonesa conocida como “Camino de Kumano”.

 

   En el 990 se sabe ya del monasterio de Carracedo (El Bierzo), antiguo palacio real de la monarquía leonesa, bajo la advocación de San Salvador (en 1203 se harían cargo de él los monjes cistercienses). En este siglo nace el monasterio del Divino Salvador (hoy Santa María de Sobrado dos Monxes, que sigue siendo refugio de peregrinos en la paz monacal). Este recinto sacro comenzó siendo un cenobio familiar, fundado por el conde Hermenegildo y su esposa Paterna, y formado por una comunidad femenina y otra masculina.

 

   De modo que Compostela no tardó en convertirse en un fenómeno internacional de masas de gran importancia religiosa y política, cultural y económica. Así lo confirma un documento musulmán de la época en el que puede leerse: “la iglesia de Santiago es para los cristianos como la Qaaba para nosotros, la invocan en sus juramentos y van a ella en peregrinación desde los países más distantes”.

 

   La proyección de la ciudad del Apóstol no la dejó inmune de los ardores bélicos. Parece históricamente cierto que las huestes sarracenas, en una de sus razzias destructoras, llegaron a arrasar la naciente villa y la propia basílica compostelana llevándose a Córdoba, sede del poderoso califato, las campanas y las puertas del templo santiaguista, que fueron transportadas a hombros de cautivos cristianos como botín de guerra destinado a enriquecer el ajuar de la fascinante mezquita cordobesa. Cuenta la leyenda que sin embargo Almanzor, que así se llamaba el caudillo musulmán encargado del asedio, decidió respetar el sepulcro merced a la mediación de un monje que devotamente fue encontrado rezando sobre el mismo. Quiere la tradición identificarlo como San Pedro de Mezonzo, obispo de Compostela que había sido abad benedictino del monasterio de San Salvador (Sobrado). A este mismo Pedro es a quien algunos autores atribuyen la composición de la hermosa “Salve Regina”, canto mariano que aún hoy sigue resonando dentro de los muros monacales.

 

Salve Regina, mater misericordiae.

Vita, dulcedo et spes nostra, salve.

Ad te clamamus exules filii Evae.

Ad te suspiramus, gementes et flentes

in hac lacrimarum valle.

Eia ergo advocata nostra,

illos tuos misericordes oculos ad nos converte.

Et Iesum benedictum frutus ventris tui

nobis post hoc exilium ostende.

¡Oh clemens, oh pía, oh dulcis Virgo María!

 

 

 

Europa se hace al Camino (siglo XI)

 

   La destrucción de la casa de Santiago supuso un nuevo y decisivo impulso al fenómeno jacobeo. Tres años después Compostela renacía de sus propias cenizas a través de la conclusión de las obras de reconstrucción.

 

   En el año 1025 Sancho de Aragón introducía la reforma de Cluny en el monasterio de S. Juan de la Peña, como primer eslabón de una reforma que seguiría los caminos jacobeos (quien tenga la oportunidad de acudir a este monasterio esculpido en roca viva podrá ser testigo del llamado “milagro” del capitel en el que se representan escenas de la vida de Cristo desde su nacimiento y que, a la hora solar precisa, se va iluminando con un rayo de sol que va recorriendo y acariciando la piedra paulatinamente, de modo que va actuando de eventual pedagogo o catequista que va mostrando a simple vista la esencia del misterio cristiano).

 

   En tiempos del obispo Cresconio la urbe apostólica se consolida y fortalece con la construcción de una gran muralla defensiva para evitar nuevas e indeseadas invasiones. En el año 1063 Sancho “el Mayor” desviaba la ruta por Nájera y establecía un castillo en Estella y una población de “francos” para atender a los peregrinos.

 

   En 1009 había tenido lugar la destrucción del Santo Sepulcro de Jerusalén por lo que el sepulcro de Santiago iría aumentando su fama ante la necesidad de la Cristiandad de beber en las raíces de la fe. En 1032 surgía el reino de Castilla con el rey Fernando (los reyes castellanos se destacarán como promotores y defensores de la peregrinación). En 1037 tuvo lugar la unificación de Castilla y León que constituyeron así una alianza firme para luchar contra los musulmanes.

 

   En el año 1045 se concluía el hospital de Irache para la atención de peregrinos. En 1052 sucedió lo propio con el de Nájera. En 1063 Jaca contaba ya con su catedral románica. En 1066 se concluyó la iglesia románica de San Martín de Frómista. En 1071 un documento citaba la existencia de la ermita de San Salvador de Ibañeta, en los Pirineos. En 1072 se produjo la reunificación de Castilla y León tras un período de separación. En 1075 fue abierta el arca santa a petición del rey Alfonso VI. En 1079 los cluniacenses se instalaban en Sahagún. 

 

   El año 1080 es la fecha de probable composición de la  “Chanson de Roland”, uno de los monumentos literarios medievales vinculados a la ruta jacobea. En 1095 peregrinó Hugo, arzobispo de Lyon. Además la primera firma de un obispo como titular único de la sede compostelana es de este siglo (Dalmacio firma de esta guisa, hasta entonces lo hacían los obispos irienses como custodios del lugar santo).

 

   La tierra de Santiago no podía caer en el olvido de los grandes novelistas medievales y así el autor del “Romancero de Mío Cid” confirma que el gran héroe castellano Rodrigo Díaz de Vivar visitó el sepulcro del Apóstol en el año del Señor de 1064. En 1065 tuvo lugar la primera peregrinación masiva conocida, desde Lieja (Bélgica). En ese mismo año Alfonso VI sería proclamado rey de León. Y rey de Castilla en 1072, año en el que iba a peregrinar Sigfrido I, arzobispo de Maguncia (que decidió renunciar a la mitra). En el año 1075 se iniciaron las obras del templo románico a cargo de Alfonso VI y el obispo Diego Peláez.

 

   La capilla del Salvador de la catedral guarda memoria del evento en los capiteles de la entrada a la misma. En ellos se pueden observar ángeles con un rótulo que reza: “regnate principe Adefonso constructum, MLXXV”. Sería el primer paso para la edificación de una de las obras maestras del arte románico.

 

   Un peregrino británico, Ansgor de Burwell de Lincoln-Shire, vertió en palabras escritas sus peripecias en la ruta allá hacia el año 1094. En el 1098 llegan ante la tumba del Apóstol dos peregrinos santos: San Eusebio de Vercelli y San Teobaldo Mondovi. En 1065 llegó a la urbe el rey Fernando I de León en compañía de sus hijos. En 1095 llegó a la ciudad como “rutero” Raimundo de Borgoña, esposo de Doña Urraca, hija de Alfonso VI.

 

   En 1056 un grupo de monjes de Frisia (Países Bajos) peregrinó a Compostela. Los condes de Barcelona Ramón Berenguer y Almodís le recordaban al Vizconde Udelart (en 1063) que necesitaban su aprobación para ir “a Santiago de Galicia”. En este mismo año se sabe que Pedro II, obispo de Puy, se encontraba en León a su regreso de Santiago, asistiendo al traslado de los restos de San Isidoro. 

 

   En el “Misal de Vich” del año 1038 se recoge una oración jacobea: “Oh Dios que concedes siempre tu misericordia a los que te aman y para los que te sirven ninguna tierra es distante, dirige el camino de tu siervo según tu voluntad para que con tu protección y tu guía camine sin pecado por las sendas de la justicia”. El primer relato escrito del descubrimiento del sepulcro data de 1077, es la llamada “Concordia de Antealtares”. En este mismo año el monarca Sancho Ramírez entregaba a Cluny el monasterio de San Juan de la Peña.

 

   En el año 1052 García I fundaba el monasterio de Santa María La Real de Nájera, que sería luego entregado por Alfonso VIII a los reformados de Cluny (en el 1079). En 1095 Urbano II da el “placet” para el traslado de la sede iriense a Compostela. Por entonces se había fundado el Hospital de San Juan de Burgos en el que trabajaría San Lesmes, monje francés entregado al cuidado de los peregrinos enfermos que sería enterrado allí mismo.

 

   El Códice Calixtino en el capítulo III de su libro V (la famosa guía de peregrinación) elogia a la ciudad apostólica: “Compostela, la excelentísima ciudad del Apóstol, que posee toda suerte de encantos y tiene en custodia los preciosos restos mortales de Santiago, por lo que se la considera justamente la más feliz y excelsa de todas las ciudades de España”.

 

 

La primavera de la peregrinación (siglo XII)

 

 

   El siglo XII supuso la edad dorada de todo lo relacionado con la peregrinación y el culto santiaguista. La ciudad apostólica iba a proyectar su universalidad como nunca, y todo en base a una fe que mueve montañas y movilizó corazones y piernas para acudir a las fuentes apostólicas. La devoción de las gentes hizo posible el milagro de Compostela, nacida del relato de un ermitaño y de los huesos de un testigo de la fe.

 

   El siglo XII compostelano tiene mucho que ver con un hombre y su apellido: Xelmírez. Él fue el encargado de hacer surgir de la espesura de un bosque un mito en el que se mezclaba la fe y el poder (maridaje harto difícil). En el año 1100 Xelmírez fue consagrado obispo. En breve comenzaron los problemas internos de un obispo con una ciudad rebelde. Hacia el 1117 los burgueses de la ciudad llegaron a incendiar la catedral en su pugna con el mitrado. En el año 1119 el Papa Calixto II concedía la sede metropolitana a la ciudad apostólica en detrimento de Mérida.

 

   En 1103 se eximió de todo tributo a la iglesia de San Salvador del Monte Irago. En 1104 se iniciaba la construcción de la basílica de la Magdalena en Vezelay (Francia), uno de los lugares desde donde partían los peregrinos europeos. En 1105 se concedió a Xelmírez el privilegio de acuñar moneda propia. En ese mismo año se alzó la ermita de la Santa Cruz en el Monte del Gozo. En 1106 se consagraba la Colegiata de Santo Domingo de la Calzada. En 1109 moría uno de los grandes mecenas de la peregrinación: Santo Domingo de la Calzada. Hacia 1110 se escribió la “Crónica Silense”. En 1112 se concluyó la portada de Platerías del templo compostelano. En 1114 se fundaba la abadía de Claraval originándose la reforma cisterciense.

 

   En 1118 se fundó la Orden del Temple. En 1120 se funda la Universidad de París. En 1125 peregrinó la condesa Matilde viuda del emperador Enrique V.  En 1127 se fundó la abadía de Roncesvalles. En 1128 Alfonso VI fue coronado emperador y armado caballero en Santiago por manos de Xelmírez. En 1130 desembarcaron en Padrón unos comerciantes ingleses que se dirigieron a Santiago. En 1132 se fundaba el Hospital de peregrinos de Roncesvalles. En 1135 se concluyó la redacción del “Libro de los Milagros de Santiago”. En 1146 se fundó el monasterio-hospital de San Antón de Castrojeriz. En 1147 arribaron al puerto de Noia 200 naves con cruzados a bordo. En 1150 el Concilio de Clermont previó como castigo para incendiarios la realización de la peregrinación. En 1152 se fundaba el Hospital de San Marcos en León. En 1156 se fundaba la Orden del Carmelo y en 1158 la de Calatrava. En 1160 se labró la portada de la iglesia de Santiago de Carrión y se concluían las pinturas románicas de San Isidoro de León.

 

   En 1163 moría Juan de Ortega y comienzan las obras de Notre Dame de París. En 1164 se otorgó el fuero de Estella en el que se recogían algunas disposiciones sobre peregrinos. En 1165 peregrinaba Conrado de Wittelsbach, canónigo de Salzburgo, e el mismo año en que un decreto de Fernando II modificaba el trayecto a la altura de León.

 

   En 1168 se concedía a Mateo, el encargado de obras del Pórtico de la Gloria, una pensión de 2 marcos de plata semanales. En 1170 era fundada la Orden Militar de Santiago, los caballeros de la cruz y la espada que 8 años después se asentaban en Ucles, haciendo de este lugar la sede central de la Orden. En 1182 se consagraba la Iglesia de San Pedro en Portomarín. En 1187 se fundaba el monasterio de las Huelgas y poco después, en 1195, se fundaba el Hospital del Rey en Burgos.

 

   En el 1135 Xelmírez ordena escribir para su propia gloria y la de su metrópoli la “Historia Compostelana” (se atribuye a Munio Alfonso, discípulo de Xelmírez). En 1137 peregrinó y entregó su vida ante el sepulcro apostólico (era viernes santo) Guillermo X, Duque de Aquitania (en él se inspira el “Romance de Don Gaiferos”, hermosa composición musical que narra la peregrinación y tránsito del caballero franco).

 

   En este siglo XII se recopilaron los textos que en buena medida iban a engrosar el Codex Calixtinus en el que se contiene la primera guía de la peregrinación jacobea por el Camino “francés” (el original se conserva en el archivo catedralicio). La autoría de la obra se otorgó al Romano Pontífice reinante en ese momento pero en realidad su autor más destacado (pues hubo varios) pudo ser un monje galo que realizó la peregrinación. Se cree que Aymeric iba acompañado de una dama flamenca llamada Gisberga que sería quien entregaría la obra al arzobispo compostelano. En 1147 llegaron más de 200 naves inglesas, alemanas y borgoñesas cargadas con peregrinos.

 

   En 1153 peregrinó Luis VII de Francia. En 1170 Alfonso VIII acordó con el Papa Alejandro III la creación de la Orden de los Caballeros de Santiago, llamados a proteger a los peregrinos de los peligros del Camino. En 1179 Alejandro III (1159-1181) ratificaba a Compostela el jubileo (Lev 25, 10-12) que había concedido Calixto II en 1122 por la bula “Regis Aeterni” (se celebra cada vez que el 25 de julio cae en domingo, lo que sucede con una peridiocidad de 11, 6, 5 y 6 años). Esta decisión sería ratificada por Eugenio III y Anastasio IV. El primer “año santo compostelano” se celebró en 1226. En la Sagrada Escritura se califica al ser humano como peregrino en la tierra (2 Pe 2, 11). La práctica jubilar hunde sus raíces en la historia de la fe judeo-cristiana: en el Antiguo Testamento cada 7 años se celebraba un año sabático y cada 50 un año jubilar. En el Nuevo Testamento Cristo anuncia un año de gracia (Lc. 4, 16).

 

   El embajador del Emir Alí Ben Yusuf, según la Historia Compostelana, había dicho “Es tan grande la multitud de los peregrinos que van y vienen a Compostela, que difícilmente dejan libre la calzada hacia occidente”. De 1152 data el testamento de San Juan de Ortega (+1163) e cual fundó un complejo hospitalario-asistencial. Con Fernando II (+1188) se produjo una época de esplendor para Galicia (los “Anales Camarecenses” llegaron a calificar a este monarca como “emperador de Galicia”). Fernando II firmó la paz con Portugal en Pontevedra, fijando la frontera en el río Miño y favoreciendo el renacimiento urbano concediendo foros a Noia, Pontevedra, Ribadavia, Lugo, Tui, y Padrón.

 

   En 1146 una escuadra de navíos flamencos, alemanes e ingleses fondeó en la desembocadura del río Tambre para agradecer al Apóstol la victoria que acababan de conseguir en Lisboa. Por esta época un tal Bernardo “Compostelano” impartía su magisterio en la prestigiosa Universidad de Bologna.

 

   En 1188 concluyeron las obras del Pórtico de la Gloria, obra encargada por Fernando II para conmemorar su peregrinación (algún autor sostiene que el “santo dos croques” no representa en realidad al Maestro Mateo sino a este monarca).

 

   Picaud se refiere en su guía de las miserias del Camino. Al parecer había quienes se dedicaban a aprovecharse de los peregrinos. Entre ellos destacaría con posterioridad el bandolero genovés Cassanu (siglo XVI) que acabaría en la horca, y los “coquillards” de Dijón (“compañeros de la concha”). Los falsos peregrinos serían conocidos como “gallofos” (la “gallofa” era una sopa de pan que tomaban los pobres, “gallofos” son los que se aprovechan de la caridad ajena).

 

   En 1190 nacía en Frómista Pedro González Telmo (San Telmo), patrón de la diócesis de Tui (a veces representado en la iconografía como peregrino que camina sobre el mar). Pedro “Peregrino” (citado por Picaud) reconstruyó en este siglo el viejo “Pons Minee” (Portomarín) tras su destrucción por las tropas de la reina Urraca y fundó a su vera un hospital para peregrinos.

 

   Sabemos por Picaud que el Camino francés se ramificaba en 4 rutas: la tolosana (desde Arlés), la podense (Le Puy), la lemosina (Vezelay, Limoges), y la turonense (París, Tours). Las 3 últimas se unían en Ostabat para entrar por Roncesvalles. Ambas rutas pirenaicas se unían (se siguen uniendo en Puente la Reina).

  

   El 14 de febrero de 1142 llegaban los Cistercienses a Sobrado creando el abad Pedro y sus monjes de Claraval un monasterio dedicado a Santa María. En 1147 Eugenio III confirmaba su fundación. Llegaban también los templarios a Ponferrada (“Pons Ferrata”) habitando el castillo que lleva su nombre. Hacia el 1200 los monjes talaron, según la leyenda, una encina en la que encontraron una imagen de la Virgen (imagen traída desde Palestina por Santo Toribio hacia el año 442 y que presidió la catedral de Astorga durante varios siglos) y que hoy es venerada en la basílica “de la Virgen de la Encina”. En este siglo se fundaba también el Hospital del Rey anejo al monasterio de las Huelgas (Burgos), mientras que el ya existente gran hospital de Roncesvalles distribuía por entonces más de 30.000 comidas al año.  

 

   Fue este el siglo dorado de la peregrinación. Un autor musulmán de la época, Algazel de Jaén, certificó lo que la evidencia gritaba: “los cristianos veneran en Compostela un altar sagrado al que acuden en peregrinación desde Roma y todos los lugares”.

 

 

 

 

Una Europa en transformación (siglo XIII)

  

 

   El siglo XIII fue el de las grandes transformaciones. Por una parte los nuevas poblaciones se iban consolidando como lugares pujantes económicamente, y por otra la naciente y próspera burguesía comercial iba desplazando el poder de nobles y linajes mientras las tropas cristianas seguían con el empeño de reconquistar toda la Península Ibérica y recuperar los Santos lugares.

 

   El 21 de abril de 1211 era consagra la nueva y esplendorosa catedral románica compostelana con la presencia de Alfonso IX, siendo obispo Pedro Muñiz. En 1230 falleció en Sarria (Lugo) su fundador: el rey Alfonso IX (“el último rey gallego”) yendo camino de Compostela. En ese mismo año Fernando III “el Santo” (hijo de Alfonso IX) unificó los reinos de Castilla y León. En este siglo se fundó el Convento de la Magdalena de Sarria para ser hospital de peregrinos.

 

   En esta época surgió un nuevo modo de entender la religión. Se dio una recuperación del Evangelio en su estado más puro y en este empeño despuntó de modo singular un hombre llamado Francisco de Asís y quienes ávidos de una vida más plena decidieron seguirle en su ideal de vida.

 

   Francisco era un joven nacido en la ciudad de Asís en tiempos de cruzadas y guerras entre ciudades. Sus grandes ideales caballerescos y guerreros le llevaron a participar en una batalla tras la cual cayó cautivo, enfermando gravemente. Tras una larga convalecencia comenzó su transformación interior encontrando en los Evangelios el estímulo para la esperanza. Dejó cuanto tenía y se fue a vivir entre los mendigos y los leprosos, a los que servía. Su estilo de vida viviendo como Jesucristo fue el aldabonazo que sonó fuerte en la Iglesia y en otras muchas personas, incluidas familias enteras, que configuraron tres ramas en un tronco común: frailes, religiosas y seglares. Francisco y los suyos escribieron en los primeros años de este siglo una de las páginas más hermosas de la historia.

 

   Y el mismo Francisco pasa por ser peregrino a Compostela lo que habría acaecido hacia el año 1214. La tradición revestida de variopintas leyendas así lo quiere. Al “Hermano Universal” se atribuye la fundación del convento de “Val de Deus” (Florecillas, 4; 13 n.3; 1c 30; 56 n.3) en cuyo terreno hoy se yergue el majestuoso convento de San Francisco, a muy pocos metros de la basílica apostólica.

 

   Hacia el 1200 los templarios instituían el culto a la Virgen de la Encina en Ponferrada, lugar obligado de paso de los peregrinos. En 1205 se redactaba el Parsifal de Xolfram Eschenbach. En 1207 Inocencio III autorizaba al arzobispo de Santiago para que abreviase el rito de las ceremonias de consagración. En el 1212 tuvo lugar la batalla de Las Navas de Tolosa, nuevo hito en la reconquista iniciada siglos atrás, y peregrinó el duque Leopoldo de Austria.

 

   En 1209 nacía oficialmente la primera fraternidad franciscana. Poco después, en 1215, Domingo de Guzmán fundaba su Orden de Predicadores. En ese mismo año peregrinó Hugues de Pierrefront. En 1218 Jean de Sanint-Gilles fundaba un hospital de peregrinos en París. Y en este año se fundaba también la Orden de la Merced.

 

      En 1217 llegan a A Coruña un grupo de cruzados holandeses y alemanes que habían embarcado en Dartmouth. En el Tumbo de Constituciones de la Catedral se contiene un acuerdo de este siglo en gallego, francés, castellano y en una lengua similar al vasco sobre el destino que se daba a las limosnas de los peregrinos.

 

   En el año 1221 el obispo Mauricio y el rey Fernando III colocaban la primera piedra de la catedral gótica de Burgos. En ese mismo año se ponía fin a las obras de la homónima de París. Hacia 1218 o 1219 Alfonso IX fundaba la prestigiosa Universidad de Salamanca que adquiriría rango de “universal” en 1255 por decisión pontificia.

 

   En 1236 Ruysbroeck escribía haber conocido en la corte de Mongolia a un monje nestoriano llamado Sergius que pretendía peregrinar a Santiago. En 1257 el obispo Zoen Tencarari lega 10 libras a un pobre que haga por él la peregrinación. En 1260 se recopilaron las 7 Partidas, importante texto legal que iba a estar vigente varios siglos en buena parte de la Península Ibérica. En ellas que hay referencias a los peregrinos. En 1260 se consagró solemnemente la catedral de Chartres, quedando vinculada desde entonces a la peregrinación jacobea. En 1294 Celestino V concedía indulgencia plenaria a los peregrinos que acudían hasta “el fin de la tierra”.

 

 

Universalización de la peregrinación (siglos XIV-XV)

 

 

   Los siglos XIV y XV son los de la consolidación del fenómeno jacobeo en el espacio de la naciente Europa. Entre los acontecimientos más reseñables situamos el dramatismo de la “peste negra” que asoló a pueblos enteros  y el “cisma de Occidente”, ruptura en el seno de la Iglesia católica surgiendo dos sedes, dos Papas (o incluso más): el de Roma y el de Avignon, hecho que marcó decisivamente la política y la cultura de la época.

 

   El 25 de julio de 1325 llegaba a la ciudad del Apóstol la devota y santa reina Isabel de Portugal (viuda del rey Denís) cuyo sepulcro se conserva en la iglesia de Santa Clara “a Nova” de Coimbra. Del evento guarda memoria una calle en el casco antiguo compostelano: la “Rúa da Raíña” por la que, según la tradición, la reina transitó a pie y descalza.

 

   En los Archivos del Pas Calais se conserva un documento que certifica el haber realizado la peregrinación jacobea: sería pues la primera “Compostela” conocida. Se trata de la concedida al peregrino francés Yves Le Breton el 1 de mayo de 1321. En Zoendic bonc de Gantes se conserva otra concedida al flamenco Guillermo Van de Putte, fechada el 13 de septiembre de 1354.

 

   En 1332 el rey Alfonso XI fue armado caballero por el obispo Juan de Limia en la catedral santiaguesa. En 1337 fueron ahorcados Thomas de Londres, por robar a un peregrino, y Miguel de Tarazona, por haber matado a un hombre en el Camino (la peregrinación pasó así a ser objeto de regulación jurídica). En 1338 se fundó en Burgos la cofradía de Caballeros de Santiago. En 1377 peregrinó Felipe “el Atrevido”, duque de Borgoña, y al caballero Hermann von Rieden se le conmutó la pena de destierro por la de realizar la peregrinación. En 1378 peregrinó Nicolás Flamel. En 1380 se construyó el Hospital de la Reina de Villafranca de Montes de Oca.

 

   En 1382 peregrinó Carlos III de Navarra antes de ser rey. En 1386 vinieron los duques de Lancaster que hicieron “grandes offrendes et beaux dons”. En 1394 se produjo el flete de un navío de peregrinos (así lo confirma un documento de la época). En 1397 peregrinaron los duques de Ferrara, Nicolás III y Nicolás IV.

 

   Y en este mismo siglo vio la luz una de las grandes obras literarias de la historia: La Divina Comedia de Dante Aligheri, que no podía quedarse al margen de la historia. El gran literato italiano retrató a su manera el fenómeno jacobeo: “No se entiende por peregrino sino el que va hacia la casa de Santiago o vuelve de ella”.

 

   También en el siglo XIV algún autor anónimo pintó los muros de la iglesia románica del monasterio de Vilar de Donas, recinto sacro sito en el Camino “francés” y vinculado a la Orden de los Caballeros de la Orden de Santiago, puesto que era aquí en donde las señoras esposas de los guerreros defensores de los caminos aguardaban seguras la vuelta de sus maridos. En los muros del ábside se conservan algunas pinturas que representan a algunas damas de las que el poeta y novelista Álvaro Cunqueiro llegó a escribir en el siglo XX: “Si vos agora falades, miñas donas amigas, a vosa voz enchería, como unha fonte de ágoa, o vaso do silencio”. 

 

   En este mismo siglo tenemos constancia ya de la práctica de la peregrinación por interpuesta persona. Era aficionada a ello la condesa Mahaut de Artois, puesto que enviaba a varios peregrinos por poder para que se esforzasen en el empeño de llegar sanos y salvos a la meta, en su lugar, según la fórmula tú por mí.

 

   Jorge Grissphan, peregrino húngaro, habla en sus “Visiones Georgii” de Finisterre (es la constancia escrita más antigua que se conserva en la que se describe este lugar). Allí fue en donde Jorge llevó vida eremítica durante 5 meses (en el monte de San Guillermo).

 

   En esta época se construyó el castillo de Pambre de Gonzalo Ozores de Ulloa, el único que resistió sin graves desperfectos la envestida de los “irmandiños” en su lucha redentora contra los privilegios de los nobles. También en esta época se data el cruceiro más antiguo de Galicia (el de Melide). Los cruceiros son pequeños monumentos religiosos que abundan en Galicia precisamente en los cruces de caminos. Se componen normalmente de una columna sobre un pedestal que es rematada en una cruz que por un lado muestra al crucificado y por otra, normalmente, a su Madre, María de Nazaret, traspasada por el dolor de quien ha perdido a un hijo. En 1375 se fundó la iglesia de Sancti Spiritus de Melide. Se sabe que en este siglo los comerciantes españoles de Flandes utilizaban una moneda con la efigie de Santiago.

 

 

   El siglo XV siguió siendo una centuria de esplendor para las rutas jacobeas. En 1425 se publicó el poema “Purchas his Pilgrime” que describe la ruta de los ingleses. En 1427 llegó a Compostela el pintor flamenco Jan Van Eyck (en uno de sus cuadros representó el espacio interior de la catedral compostelana). Entre en 1486 y 1488 son los Reyes Católicos quienes se dirigen a la tumba apostólica beneficiando con leyes y dones a iglesias del camino (es el caso del relicario de O Cebreiro que aún se conserva). Los mismos monarcas regresaron en 1496 tras haberse producido el descubrimiento-invasión de América y la caída del último bastión musulmán en la Península: Granada.

 

   Hay constancia de que en 1446 estuvo en Muxía un peregrino llamado Sebastián Ilsung de Ausburgo. Un anónimo alemán dibujó por este tiempo el santuario y las piedras de Muxía. También peregrinó en este siglo el polaco Nicolás Popielovo a Finisterre (en donde había indulgencia plenaria) y a Muxía (habla de la barca de la Virgen). En 1415 concluyó su peregrinación Jacques Brente. En 1417 vio la luz la Guía de Mompart de Caumont que divide la ruta en 13 etapas distintas a las del Calixtino. En este mismo año peregrinó Nompar II, señor de Caumont.

 

   En 1434 tuvo lugar el llamado “paso honroso” de Suero de Quiñones quien apostado con su caballo y ornamentos guerreros decidió desafiar y vencer a no sé cuantos caballeros que osasen atravesar ese puente sobre el río Órbigo, que lo era también de peregrinos. En este mismo año un rey inglés autorizaba el flete de 39 navíos con 2310 peregrinos a bordo. En 1438 peregrinaron el duque Juan de Cleves y su hermana Ana. En 1473 partieron de Hamburgo 4 navíos. En 1474 Isabel de Castilla regala el baldaquino de San Juan de Ortega. En 1495 Küning von Vach publica su “Itinerario”.

 

   En 1456 William Wey, peregrino inglés, estuvo en Santiago y en A Coruña, en donde oyó misa en su idioma (en la iglesia de los franciscanos).  León de Rosmital (barón de Bohemia que peregrinó hacia el 1466 con un gran séquito) describió la ciudad del Apóstol: “está situada entre grandes montes, es muy espaciosa y está ceñida de una sola muralla, cuyas almenas están por una parte llenas de violetas amarillas, que se ven desde lejos, y por otra los muros están tan cubiertos de hiedra que parecen un bosque”.  Llegaron en pleno asedio de la catedral por parte de las tropas del belicoso Moscoso por lo que tuvieron que negociar la visita que sólo fue posible tras hacer un acto de expiación, ya que habían sido excomulgados por haberse relacionado con los asediantes. Ya dentro se encontraron con un espectáculo entre dantesco y doméstico: “caballos y vacas, se habitaba, se guisaba y se dormía”. Tuvieron la fortuna, eso sí, de contemplar con sus propios ojos una reliquia singular: se les mostró con el que supuestamente había sido degollado el Apóstol.

 

   Este siglo XV es el del esplendor grandioso de la catedral de Burgos ya que se concluyó su estructura externa con las famosas agujas góticas de Juan de Colonia.

 

 

El otoño y el invierno siempre llegan (siglos XVI-XIX)

 

 

   La peregrinación tuvo su gran apogeo entre los siglos XII y XV pero le llegó su tiempo de otoño-invierno, tiempo de crisis y decadencia, debido en buena medida a la repercusión que tuvo en el siglo XVI la reforma luterana, muro que separó a pueblos que hasta entonces habían soñado con la unidad en lo cultural y lo religioso.

 

   Comenzando el siglo se edificó la obra cumbre de la hospitalidad, el Hospital Real sito en la propia plaza del Obradoiro, obra de Enrique de Egas (1501) bajo el mecenazgo de los Reyes Católicos. En 1510 llegó Gonzalo Fernández de Córdoba (el “Gran Capitán” de Granada y Nápoles) quien regaló la lámpara que aún hoy alumbra la imagen del camarín, junto con otros agasajos monetarios (Gonzalo nació en 1453 y murió en el destierro en 1515). En 1554 visitó la catedral el rey Felipe II.

 

   En 1589 llegan las tropas del corsario Drake al puerto de A Coruña  con la intención de invadir y destruir Santiago (“centro de perniciosa superstición”). En 1532 el “concejo” compostelano prohibió permanecer más de tres días en la ciudad a “moças e moços vagabundos que, so color de romeros e peregrinos, andan furtando e robando e belitreando e bellaqueando”.

 

   En 1588 el Arzobispo Juan de San Clemente esconde los restos del Apóstol ante el temor de una invasión de tropas inglesas. En el Museo “Arxiú” de Barcelona se conserva una “Compostela” concedida a Bartolomeu Montels de Cordedeu el 24 de agosto de 1535. En la iglesia de San Juan de Sisto (Dozón) fueron pintadas en este siglo sus murales atribuidos al llamado “Maestro de Sisto” (también dejó su rastro en la iglesia de Santa Mariña das Augasantas, Allariz). En 1590 Felipe II prohíbió la indumentaria de peregrino para que tras ella no se encubriesen gentes “de mal vivir”.

 

   Ambrosio de Morales, consejero de Felipe II, describía por este tiempo, en su “Viaje Santo”, la iglesita de Santiaguiño do Monte que era lugar de culto a las aguas. Existe una cita de esta época que reza así: “los huesos de este santísimo santo, trasladados a España, fueron depositados en su extremo, es decir, frente al mar Británico, y reciben allí culto”.

 

   El veneciano Bartolomeu Fontana llega a Muxía y Finisterre desde A Coruña (en 1539) y cuenta que los libres de pecado (como él lo estaba) movían con un solo dedo la barca de piedra, habla también de pasar por debajo del casco del  barco (hoy “pedra dos cadrís”) y de dar tres vueltas al santuario (ritos que aún hoy son ejercitados por no pocos devotos y curiosos). En 1594 llegó a caballo por el Camino portugués Joan Baptista Confalonieri.

 

   El siglo XVII sigue la tónica general iniciada en el anterior. Existen aún así tres testimonios de peregrinos que se atreven a hacer la peregrinación. Es el caso del teólogo andaluz Bernardo de Aldrete que peregrinó desde el sur por la llamada Ruta de la Plata(en el Archivo de la catedral de Granada se conserva su “Diario del Viaje a Santiago”). Habla sobre todo de Ourense, “ciudad que tiene muchos naranjos i limas”, de su catedral (su “Christo”) y sus “burgas” de agua hirviendo (“no hai quien pueda sufrirla, que arranca las uñas de las patas de u a vaca brevísimamente”), a donde los vecinos acuden “para lavar i fregar i todos quantos servicios se hazen en una casa con agua hirviendo, i della llevan para amassar, siéndoles utilísima para todo tipo de cosas”. Dejó constancia de sus primeras impresiones al llegar a Galicia: “comienza a desvergonçarse la mucha pobreza de Galizia”.

 

   Por su parte Domenico Laffi peregrinó en cuatro ocasiones. Este peregrino reincidente describe el “fanal” o faro con fuego de Finisterre. Su compatriota, el franciscano Bonafede Vanti, copió en Muxía los relatos de los milagros de la Virgen. Un noble y joven polaco llamado Jacobo Sobieski llega con otros muchos a Santiago en 1611 formando parte de un viaje educativo que duró 6 años. Dejó escrito un “Diario” en polaco. En 1673 se publicó en Bolonia “Viaje a Poniente de Santiago de Galicia” del mencionado Domenico Laffi.

 

   Seguían avanzando los tiempos y el culto jacobeo se resentía merced a la situación socio-religiosa de Europa. En 1745 el monje benedictino P. Sarmiento escribía acerca de la desaparecida ermita de San Guillermo en Finisterre: “no hace mucho tiempo había una pía o cama de piedra en la que se acostaban hombre y mujer que, por ser estériles, recurrían al santo y a aquella ermita”. Mientras tanto la ciudad del Apóstol no cesa de hermosear su semblante con un nuevo arte: el barroco, que adquiere por estas tierras un significado especial que lleva a no pocos expertos a definirlo como el “barroco compostelano”. Entre 1738 y 1750 el genio creativo de Fernando Casas y Novoa esculpe en piedra granítica la fachada del Obradoiro.  

 

   El siglo XIX supuso un paréntesis duradero en la historia jacobea, en buena medida merced al expansionismo napoleónico del que no se libró ni siquiera la urbe apostólica. En el 1801 las tropas de Napoleón invaden la ciudad y se llevan el “Botafumeiro”, si bien en la propia basílica se escribió un acontecimiento para la posteridad de lo más curioso. La prensa escrita de la época se hizo eco. Sucedió que estando las tropas invasoras alojadas en la propia catedral comenzó a sonar la carraca de una de las torres del Obradoiro, artilugio pensado para ser utilizado en Semana Santa, y resulta que la era entonces. Las tropas de Napoleón huyeron despavoridas pensando que se trataba de un ataque de los paisanos que habían huido a las montañas cercanas. En fin, la historia con sus curiosidades siempre nos pueden arrancar una sonrisa.

 

   El año 1878 quedará marcado como uno de los momentos decisivos en lo referido al culto jacobeo, ya que fueron halladas de nuevo las reliquias del Apóstol en el subsuelo de la catedral, cuyo rastro se había perdido desde que fueran escondidas por temor a nuevas invasiones en el siglo XVI. La autenticidad de las mismas fue reconocida en 1884 por bula “Deus Omnipotens” de León XIII. La propia bula convocó un año jubilar extraordinario. Se sabe que el 25 de julio de 1867 apenas había 40 peregrinos en la ciudad, expresión elocuente de la decadencia de la peregrinación, que no se vio exenta del clima general de violencia que reinaba en Europa.

 

 

 

 

 

   El renacimiento (siglos XX...) 

 

   El siglo XX, de tan trágica memoria por los acontecimientos bélicos que hubo de soportar la Humanidad, también mermó las peregrinaciones hasta casi desaparecer por completo. En 1938 tuvo lugar un Año Santo extraordinario, tras los trágicos sucesos acaecidos en la España de entonces (la fraticida Guerra Civil).

 

   En la década de los 40 se realizaron unas importantes excavaciones en el subsuelo de la basílica compostelana, descubriéndose una necrópolis romana y suevs, lo que arrojó más luz sobre la historicidad de una ciudad que, antes del siglo IX, era ya tierra de asentamientos humanos. En 1949 un nuevo hallazgo arqueológico vino a avalar lo que ya las leyendas habían determinado: se descubrió la tumba de Teodomiro, obispo de Iria Flavia, en la propia catedral compostelana.

 

   En 1966 se inauguró el nuevo Portomarín, siendo trasladadas del anterior emplazamiento la iglesia-fortaleza de San Nicolás (con influencia mateana en sus portadas) y la fachada de San Pedro, además de algún otro pazo.  En ese mismo año llegaron a Sobrado los monjes cistercienses de Cóbreces (Cantabria) para continuar con la restauración del monasterio abandonado desde 1834 y que se comenzó a restaurar en 1954. A día de hoy sigue siendo casa de acogida de peregrinos en el Camino del Norte.

 

   Las últimas décadas del siglo XX son decisivas para la recuperación física del Camino: su historia, arte y espiritualidad. En el año 1987 la ruta francesa a Compostela fue declarada “Primer itinerario cultural europeo” por el Consejo de Europa, a lo que hay que sumar la declaración, por parte de la UNESCO, de la misma como Patrimonio Universal de la Humanidad, en 1993. Asimismo la propia UNESCO también declaró patrimonio universal los cuatro ramales de la ruta jacobea que discurren por territorio francés (año 1998). La propia ciudad compostelana también fue declarada Patrimonio Universal de la Humanidad en 1985. Además en el año 2000 se la distinguió como capital cultural europea.

 

   El Papa Juan Pablo II nos visitó en dos ocasiones: en 1982 y en 1989, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, lo que supuso una gran proyección internacional para la ciudad del Apóstol y su Camino. De especial relevancia es el impulso que supuso a nivel mediático e informativo el Año Santo de 1993. En este mismo año 1993 se recuperó el antiguo hospital de Ribadiso como albergue de peregrinos (modelo de recuperación de un antiguo albergue) y se acometieron muchas otras actuaciones que tenían como fin recuperar y dotar de estructuras los diversos caminos para atraer a nuevos peregrinos. Es de justicia hacer aquí mención de Elías Valiña Sampedro, “o cura do Cebreiro”, auténtico artífice de la recuperación de la peregrinación en el siglo XX, cuyo esfuerzo agradecemos hoy muchos peregrinos siguiendo las famosas “flechas amarillas” que él mismo pintó y que se han convertido en un símbolo más, el más moderno quizás, de la peregrinación que él tanto amaba.

 

   Como ligazón con la historia, aún hoy el Cabildo compostelano sigue concediendo la “Compostela”, documento nominal redactado en latín que se otorga a quienes realizan el Camino “pietatis causa” (a pie, a caballo, o en bicicleta).

 

   El papa Juan Pablo II, con voz profética, lanzó a la vieja Europa un grito desde la misma Praza do Obradoiro. Es su famoso discurso europeísta que en parte ahora reproducimos:

 

     “Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a ser tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: lo puedo.”  (Discurso del Papa Juan Pablo II en su visita a Santiago de Compostela, año 1982).

 


 

[1]   Xosé Filgueira Valverde, Santaigo de Compostela, Ir Indo Edicións

[2]   Xosé Filgueira Valverde, Santiago de Compostela, Ir Indo Edicións

 

"Los ríos más profundos
son siempre los más silenciosos".
Quintus Curtius Rufus (s.IdC)