El Camino es espiritualidad
Art. de Francisco Castro Miramontes. ofm.
El Camino de Santiago se ha convertido en los últimos años en un fenómeno de masas que rebasa fronteras y unifica en un mismo destino a gentes venidas de todas partes. Ese destino es Compostela, la ciudad de piedra bañada por la sempiterna lluvia. Como en la vida misma, en la peregrinación se conjugan aspectos tan diversos como diversos son los peregrinos que siguen transitando, en el nuevo milenio, por estas vetustas rutas que conducen al Finisterrae.
El Camino de Santiago es hoy un poco de todo: arte, deporte, fe, cultura, turismo, política, gastronomía... pero lo esencial, como todo lo bueno, reside no en la superficie sino en las raíces. El Camino es distinto, especial, significativo, si nos atenemos al testimonio de la mayoría de peregrinos que concluyen su tránsito ante la tumba del Apóstol. En la peregrinación hay un antes y un después, porque el Camino sólo es tal si concluye en una transformación profunda del ser. El Camino es, antes que nada, la persona del peregrino, única e irrepetible. El camino eres tú.
La ruta jacobea se sustenta, y así ha sido desde el principio, en la fe que mueve montañas, en la confianza existencial de quien vive en la verdad, en la auto-trascendencia del ser humano en evolución que busca nuevas y más elevadas metas, siguiendo el innato instinto de superación. La fe cristiana fue la que propició el milagro de Compostela, y el milagro eres tú, lo es cada peregrino. Primero fue la estrella refulgente y luego vinieron el arte y la historia como elementos esenciales para comprender mejor las rutas que abrieron los pies inquietos de quienes buscaban nuevos retos, en tensión constante hacia el poniente, hacia la tierra en la que el sol se recuesta al atardecer.
En la vida siempre debemos buscar modelos, estímulos que nos ayuden a caminar con decisión, desde la hondura del corazón. Queramos o no los seres humanos ejercemos los unos sobre los otros mutuas influencias que oscilan entre lo positivo y lo perjudicial. A lo largo de la historia hubo figuras, casi siempre anónimas, que si por algo destacaron fue por la valentía de atreverse a vivir en las raíces del ser, desde la verdad que desenmascara todas las mentiras en las que con frecuencia asentamos nuestra vida y nuestras relaciones. Entre estos personajes “espirituales” de la historia de la Humanidad destacan, en mi opinión: Buda, Gandhi, Sócrates, Teresa de Calcuta, Francisco de Asís, Luther King...
Mi paradigma, mi maestro, quien más influencia positiva ha tenido en mi ser es, sin duda, Jesús de Nazaret. La experiencia de Jesús fue la de quien quiso vivir su propia existencia desde la radical coherencia de quien ve más allá de las apariencias yendo a lo esencial, al corazón de las personas. Jesús fue un peregrino que asumió la bondad que brota del amor como doctrina infalible. Él mismo llegó a autoproclamarse “camino, verdad, y vida”. Jesús es el testimonio vivo de un auténtico expropiado por el bien público. Él mismo asumió un estilo de vida itinerante propio de quien vive de la fe y de la confianza en un Dios que es Amor (tal y como lo define la Sagrada Escritura). Jesús y sus discípulos supieron mucho de caminos y sendas, de los caminos de fuera que iban de Galilea a Judea, pero sobre todo del camino interior, del camino que cada persona es, ese camino que va del corazón a la cabeza y viceversa.
Ni la historia ni el arte jacobeos tendrían sentido sin esta noción de la fe, que es el alma, el espíritu que los impulsó y desarrolló. Sabe el peregrino que hay más de lo que se ve, que la verdad reside en el hombre interior, tal y como intuyó ya hace siglos aquel titán de la fe que fue Agustín de Hipona.
La espiritualidad es como el viento que nos envuelve: no lo vemos, no somos capaces de atraparlo y, sin embargo, es, está y nos acaricia. ¿Qué peregrino no tiene experiencia de la bendición de la brisa en la tórrida jornada de calor? ¿Qué ser humano no tiene la experiencia de apropiarse a cada instante del oxígeno que vivifica? Pues así, de igual manera que el oxígeno es necesario para la vida del organismo, también la espiritualidad, en ciertas dosis, es imprescindible para el equilibrio y la armonía de la persona, para no ahogar nuestro ser interior.
Uno de los grandes errores de nuestras sociedades postmodernas y consumistas es que apenas se valora aquello que no se puede comprar con dinero, y aquí entran valores humanos como el amor, la bondad, la justicia, la generosidad, la paz, la humildad... El Camino es así una pedagogía que nos lleva a recobrar el sentido profundo de la vida. Los valores humanos son los verdaderos frutos del Camino de Santiago, el verdadero tesoro. En el sentido literal de las palabras son valores religiosos, porque nos religan, nos enganchan a la vida y al autor de la vida: esa causa primera de la que hablan los científicos, esa razón última de los racionalistas, o ese Dios de los creyentes.
El Camino nos puede ayudar a recobrar nuestra propia vida. El Camino nos invita a meditar, a profundizar, a darnos respuestas seguras y firmes que tengan como telón de fondo la verdad: la propia y la ajena. La vida en sociedad tiende a hacer de nosotros objetos de consumo, potenciales consumidores que sólo interesamos según nuestro status o tarjeta de crédito. Estamos falseando las relaciones y esto nos deshumaniza y va destruyendo poco a poco, casi imperceptiblemente. Necesitamos recobrar la utopía como esperanza de que aún es posible salvar al ser humano contemporáneo.
Estamos perdiendo la capacidad de soñar, estamos desvirtuando los ideales, por eso el Camino puede ser terapia cognoscitiva que nos ayude a recuperar el norte, sobre todo cuando nos encontramos perdidos, desorientados, en crisis. Los peregrinos medievales caminaban guiándose por el sol que sigue su rumbo hacia occidente y siguiendo el rastro de las estrellas en la noche. De ahí surge el mito del Camino “escrito en el cielo”, la Vía láctea guiadora que, en opinión de León Bloy, existe porque existe en nuestra alma. Necesitamos recuperar los ideales que son esas estrellas que nos orientan en la noche más oscura, en tantas noches oscuras del alma como debemos soportar. Pero no nos queda otro remedio, hay que caminar, por dentro y por fuera, irremisiblemente. Y cada cual tiene su camino: “Este es el camino: caminad por él” (Isaías).
El ser humano contemporáneo tiene como tarea pendiente la de sí mismo, la de reconquistar su ser interior. La espiritualidad es una revolución aún por hacer, una transformación profunda de las estructuras del ser como prólogo para la transformación de la realidad que nos deshumaniza y de las estructuras de injusticia que afectan a otros seres humanos. Grandes mujeres y grandes hombres de la historia han sido antes que nada titanes del espíritu cuya gran obra ha comenzado en sí mismos y ha tendido ineludiblemente hacia los demás.
En estos tiempos que corren es muy difícil que las personas comprendan y tomen en serio lo que es y significa la fe, puesto que todo lo que tiene que ver con la espiritualidad y el compromiso está bajo sospecha, suena a cosa “de meigas”. Sin embargo estoy convencido de que necesitamos volver a las fuentes del ser, ya que somos seres espirituales. Te reto a que si no opinas lo mismo (y tu opinión la respeto como sagrada) cierres los ojos por unos instantes y dejes que tu ser interior hable en ti. O inspira profundamente sintiendo como el aire llena de vida tus pulmones. Somos más de lo que se ve a simple vista, aunque los tiempos que corren y los poderes fácticos del dinero y el consumismo traten de convencernos de lo contrario.
¿No crees que medimos en exceso a las personas por las apariencias sin tratar de ver más allá? Debemos aprender a contemplar el corazón mismo de la vida, de toda vida, atreviéndonos a captar la esencia de las cosas, de las circunstancias y, sobre todo, de las personas. La vida, nuestras vidas, la tuya y la mía, son más de lo que se ve, mucho más.
Desde niños nos educan para triunfar en la vida y poco a poco vamos aprendiendo los secretos del buen vivir a base de experimentarlos (nada se sabe de verdad hasta que no se experimenta) y gracias también, en buena medida, a lo que los mayores nos van transmitiendo. Sabemos que el cuerpo requiere unos cuidados mínimos imprescindibles y que la salud es esencial. Nos abrigamos cuando hace frío y nos tomamos una aspirina cuando nos duele la cabeza, por ejemplo. Pero lo que no nos han enseñado los que de esto saben es que el ser humano no sólo es un cuerpo al que hay que cuidar sino también un ser espiritual que precisa de vitaminas. Nos disfrazamos por fuera cubriendo nuestra existencia con un sinfín de máscaras pero, ¿qué ocurre con la verdad que somos y que reside en la esencia de nuestro ser?, ¿qué sabemos de nuestro espíritu?, ¿atendemos nuestras necesidades espirituales básicas?
Nadie es capaz de curarnos el alma herida, a lo sumo nos pone una venda. Nadie nos da o presta a saciedad las atenciones y mimos que necesita nuestra afectividad (esa niña quejosa que tanta lata da). Nadie nos ofrece en su farmacia esas pequeñas dosis de medicina natural que nos acerca al destino final de toda vida: la felicidad (la propia y la de los demás).
Debemos aprender a cultivar nuestro espíritu (alma, o ser psicológico, según se prefiera) porque en ello se nos va no sólo la calidad de vida que llevemos, sino la vida misma. Sólo así, desde la intimidad más íntima, uno puede sentir la presencia del Espíritu de Jesús, en el que radica todo lo bueno y que nos puede ayudar a comprender más y mejor el ser esencial y único que somos.
Sería muy hermoso que, tras nuestro tránsito por esta vida, cuando nos acurruquemos en el lecho de la eternidad, alguien se acuerde de nosotros acogiendo nuestro espíritu, la esencia de lo que fuimos, y pueda concluir: “¡qué buena persona era, cuánto amaba!” Este es nuestro auténtico patrimonio, nuestro gran tesoro, nuestra obra maestra: el espíritu que somos, del que surgen nuestras mejores obras.
El Camino de Santiago ha sido y sigue siendo un cauce de cultura en el que los peregrinos, venidos desde los lugares más diversos y lejanos, comenzaron a tener relaciones amistosas, y así se fueron transmitiendo conocimientos científicos y artísticos, lenguas y valores humanos. La fe hizo posible el milagro de la noche estrellada y de una ruta ramificada en varios caminos que tiene mucho que ver con la fe de nuestros antepasados. La cultura cristiana se ha hecho verdaderamente universal en el Camino de Santiago. Así lo patentizan aún hoy día los innumerables monumentos religiosos, las iglesias y catedrales, que siguen siendo una humilde convocatoria para la auto-trascendencia del ser finito que somos. El románico es el arte del camino al servicio del transeúnte. Es la expresión tan sencilla como sublime de una fe que también podría ser declarada patrimonio universal de la Humanidad.
El Camino está suficientemente avalado como ruta cultural y religiosa, así lo testimonia su arte (especialmente el recoleto románico), su historia multisecular, y su espiritualidad. Este último aspecto es el verdaderamente decisivo porque todo: arte, cultura, historia, naturaleza, deporte, turismo o “botafumeiro” no se comprenden bien si no se interpretan desde esta impronta espiritual. El Camino trasciende los tiempos porque tiene su propia alma, su espiritualidad. Pero el Camino es sobre todo una experiencia, una pedagogía que enseña a vivir mejor. El camino lo es por fuera y por dentro. Lo verdaderamente importante no es en sí la ruta física, tal o cual camino, tal o cual sendero, si no el camino del peregrino, su propia experiencia interior en contraste con lo que la ruta le va ofreciendo por fuera, porque el Camino tiene la rara virtud de estar hecho a la medida del peregrino. El Camino es un alfarero que va configurando y modelando tu persona de modo que al final, cuando tu ser entero repose tras el esfuerzo en la cuna compostelana, casi no te reconocerás, porque hay un antes y un después, siempre y cuando tu corazón haya sido el motor de tu peregrinar.
Me atrevo a ofrecerte un retrato del Camino que conozco, del mío, una fotografía que espero te ayude a prepararte a vivir esta aventura del ser en la que uno vuelve a sus raíces más profundas, al yo profundo que somos, al contacto con los demás y con el medio ambiente, en comunión con todo y con todos. El Camino se puede también saborear a través de una serie de palabras conocidas que expresan vivencias profundas, actitudes básicas valederas para la vida misma, porque bien visto toda vida, también la tuya, es camino. Te invito a caminar ya mismo hacia la tierra en la que el sol se recuesta al atardecer y que los peregrinos medievales alcanzaban siguiendo en la noche el rastro de las estrellas y “verás la maravilla del Camino, camino de soñada Compostela, peregrin@” (Antonio Machado).
El Camino es humildad: al poco de salir comenzarás a experimentar tu propia indigencia, lo poco que uno es cuando se ve en la tesitura de tener que avanzar con la intranquilidad que produce el no saber qué acontecerá, ni siquiera en dónde reposarán tus huesos tras esa jornada. El Camino te irá curtiendo. Primero tu cuerpo cansado elevará su grito, luego será tu propia psicología la que comience a quejarse: “¿qué pinto aquí con lo bien que estaría en casita?” Pero no dudes en ver en ello una gran oportunidad de crecimiento, porque poco a poco te irás quedando a solas contigo mism@, tú eres el primer y gran reto de tu camino. Por fuerza la humildad irá surgiendo cuando compruebes que eres apenas una gota de vida que atraviesa sendas, en medio de la montaña, bajo el riguroso sol o la intensa lluvia. La humildad es una pedagogía que nos pacifica y nos va dando la medida de nosotros mismos.
El Camino es sufrimiento: no tardarán en venir los primeros dolores (agujetas, ampollas, tendiditis, rozaduras...). El Camino puede resultar inmisericorde. Pero también en esta experiencia se nos da la oportunidad de crecer. El sufrimiento es una dimensión más de nuestra vida finita y compleja. No es peleándose con este invitado inoportuno como se le vence. El ser humano debe aprender a convivir con el sufrimiento, haciendo de él un estímulo para interpretar los acontecimientos con mayor profundidad. Quien sufre comprende al que sufre, quien se ve limitado respeta al limitado. El Camino educa en la limitación y nos hace solidarios con los sufrimientos de los demás. Y bien visto no tenemos derecho a quejarnos por deferencia hacia quienes de verdad sufren. Al final todo pasa, también el sufrimiento es contingente, hoy es; mañana no.
El Camino es solidaridad: irás viendo que no eres tú a solas, sino que tu camino va a estar habitado de presencias y vidas paralelas que te harán reflexionar. Es común gestar muchas amistades con otros peregrinos que comparten contigo eso mismo, la esencia de la peregrinación, el ser mujer u hombre en camino en busca de un mismo destino. De ese modo surge fácilmente el compañerismo y el compartir momentos, palabras, bienes... Tus dolores son los de los demás, tus dificultades son las de los demás, el Camino nos iguala en la esencia humana y nos permite abrirnos a ámbitos de comunicación profunda hasta entonces no soñados.
El Camino es tu cuerpo: tus pies son los soportes que te llevan en ciernes hacia tu destino. Debes atender sus requerimientos, aprender a tratarlo con disciplina y con consideración, de él dependes para llegar. Seguramente nunca te habrás parado a reflexionar acerca de la importancia de este ser corporal que te constituye y que hace posible las realizaciones que en la mente tan sólo son sueños. Aprenderás a amar tu cuerpo, a amarte a ti, no lo dudes. A él le debes mucho, tu cuerpo es más que una mera apariencia, tu cuerpo es tu tesoro.
El Camino es pobreza: te darás cuenta que el equipaje que precisas eres tú mism@, lo demás ayuda pero con el tiempo todo sobra. Si llevas mochila procura llevar lo imprescindible, te lo agradecerá tu espalda. En el Camino aprenderás a valorar las pequeñas cosas de la vida, esas que sólo valoramos cuando las perdemos. El Camino es un cúmulo de pequeñeces gratuitas: el agua cristalina y fresca de una fuente en el momento oportuno, las frutas en sazón, la indicación de algún vecino cuando se ha perdido el rumbo, el poco alimento que requiere el cuerpo que está en pleno esfuerzo... En estos tiempos materialistas el Camino se nos ofrece como un desafío, una revolución posible que nos ayuda a comprender que los bienes son de todos y que sólo compartiendo es como de verdad funcionan bien las economías, las que se basan en el altruismo y no en el ánimo de lucro.
El Camino es naturaleza viva: lleva bien abiertos los ojos de tu ser más íntimo porque la naturaleza será tu casa y techo. Prepárate a vivir la poesía de la creación que va a desplegar su manto para abrigar el corazón sensible que sepa captar la vida que nos rodea en sus múltiples formas. Despierta tus sentidos atrofiados porque la naturaleza es pedagogía y el gran regalo que te va a ofrecer el Camino. Ejercita tu mirada con frecuencia y contempla en profundidad cuanto emerge a tu alrededor. ¡Ah!, eleva la mirada y deja que se remonte al cielo que te cubre, te hablará de lo infinito. Cierra los ojos y permite que te abrace el sonido de la naturaleza (las aves, el arroyo, el viento...). Acaríciala con tus manos y déjate embriagar por la fragancia de las flores. Y no dejes de sentir en tus labios el beso del agua fresca y el sabor de una fruta.
El Camino es arte: si la naturaleza es una filigrana de hermosura insuperable no dejes por ello de valorar y detenerte en las obras del ingenio humano. El arte es también un reclamo para la mirada y la reflexión. El Camino es la senda del románico, ese arte sobrio y enigmático cargado de simbolismo que sigue hablando a quien quiera detenerse y escuchar lo que dicen las piedras.
El Camino es historia: una historia milenaria de luces y sombras, como toda historia. Deberías peregrinar casi con veneración al saber que las piedras que pisas antes fueron testigos silenciosos del paso cansino de millones de personas que, con sus vidas a cuestas, han compartido contigo el trago de la vida. El Camino es comunión con la Humanidad, el Camino es pasado, presente y eternidad.
El Camino es esperanza: la que nunca se pierde, la que con su hermana la fe mueve montañas, la que nos hace caminar en la vida sin dejarnos abatir por las contrariedades. La esperanza se posa en donde un corazón le presta posada pero es libre, tan libre que viene y va a su antojo. La esperanza es una dama hermosa de cuento medieval que hechiza al caballero, es la expresión femenina de todo lo bueno que se guarda en el seno de una madre que entrega sus entrañas a la noble causa de engendrar una nueva vida, vida que sólo es posible porque antes lo fue la esperanza. La Esperanza es el mayor fruto que te puede ofrecer el Camino y ella es la madre de la PAZ.
El Camino eres tú mism@ en comunión con todo lo crea.
Paco Castro. ofm.